San Andrés en el Monte Corona
Ya sé que se ha terminado la temporada de fútbol. Pero tengo una buena noticia para los que lloran tal ausencia por las esquinas… en septiembre empieza otra. Y tenía pendiente un comentario anotado en mi cuaderno shurretoso. Se llama Montecorona. Es un bar veterano justo en la mitad de Muñoz Arenilla, en la acera frente a Tiempo Libre. Es del estilo de estos pubs filoirlandeses que tanto abundan, pero tiene una esencia especial. Aunque recargado, sus paredes son divertidísimas. Ofrece buenos riojas y riberas por copas a precio razonable. Su carta de cervezas es asombrosa. Las copas largas las sirven bien (casi siempre en vaso ancho) y el servicio es la mar de discreto y apañado. No he probado el café, la verdad. El ambiente es levemente apuretado (difícil encontrar a muchos con menos de 30 taks) pero aún así tiene vidilla, es ruidoso hasta un límite agradable, tiene siempre música, pantallas… da la sensación de que sirve igual para animarse que para relajarse.
Pero si para algo me gusta este bar es para ver furrrrrrrrbol. Tuve la ocasión de pegar allí el grito que provocó el pocaplaya, el malacara, morenito de Maracaibo, es decir, Don Andrés Iniesta, con su zapatazo de exterior de diestra en Stamford Bridge. Soy levemente madridista e inevitablemente cadista, pero siento debilidad por los equipos (y los tipos) que juegan tan bien al fútbol. Allí lo viví. No es el primer partido que veo en este sitio. Hay tres pantallas y es frecuente el ambientazo peloteril. La campaña que viene, Mi Banana Mecánica de mi alma vuelve al fútbol profesional y le retransmitirán más partidos (aunque sea el sábado por la tarde) así que puede ser buena opción.
He tenido que acompañar muchas veces a amigos extranjeros al Bernabeu para que cumplan con la liturgia del enardecimiento olímpico. A muchos de esos amigos, muchos de ellos chinos, entre mexicanos, neocelandeses o australianos, les he visto sudar el bigotillo, señoras incluídas, ante semejante espectáculo devocional. Sin embargo, el mundo sajón, puso de moda ir al “pub” a enardecerse en diferido, paliando los efectos de esa trepidación con una “pinta” en la mano. En ese ejercicio hay más lubricidad, más abrazo concupiscente, más coincidencia, pareciendo que la cerveza te permitiera premonir de mejor forma el resultado de una jugada. La televisión, como muchas herramientas de comunicación, están marcadas por la tentación del onanismo, siendo más aconsejable, por salud mental, vitorear un gol a coro, y un coro se empasta mejor en el espacio reducido de un local de copas con televisión, al permitir su escala matizar más un comentario. Serviría ese formato de igual forma para ir a la tasca de la esquina para inspirarse escuchando a la orquesta de RTVE, por ejemplo, para después, con dos copas dos, darle un abrazo a la parienta bisbiseándole un requiebro, justo en el cuello, allí donde el candor encuentra su acomodo. Todo es cultura, si se asume el compromiso con el análisis mesurado, civilizado, y la extrapolación, épica o lírica, al mundo cotidiano del afecto.