Los prejuicios, las confusas intuiciones calan más que tres meses de lluvia sin tregua. Pasaba por allí cada poco y pensaba: Qué bonito esto, tan cuadradito, metálico y acristalado, tan aparte de todo, como un oasis versión Blade Runner. De esa sensación al tópico sin base hay un milímetro. Las siguientes ideas caían en cascada. Claro. No será para mí. Estaré incómodo. Será caro. Es para algún momento excepcional.
Tenemos un monstruo minúsculo en la cabeza que fabrica constantemente excusas para no hacer cosas (ya mañana voy al gimnasio que no lloverá; ya viajaré a Berlín cuando ahorre un poco; ya llamaré a fulanito cuando tenga mejor ánimo; ya iré a ver la peli cuando vaya menos gente; ya entraré en este restaurante cuando toque…) y resulta que no escampa, que nunca ahorras, que el ánimo persiste, que la taquilla sigue llena, que nunca toca. Hasta que matas a ese bicho malo y te atreves. Luego te alegras de haberlo hecho, te lamentas por el retraso y siempre aparecen esas preguntas: ¿Por qué no lo hago más? ¿Por qué tardé tanto?
Pues entré. Me senté. Y me encantó. Dos años después de su apertura, aparté de mi mente las excusas y me pasé por Lumen, el restaurante del parque de Varela. El interior confirmó la atracción estética que crea, como un imán. Espacioso, luminoso, cálido pese a las líneas rectas. Ese sofalito corinto y picarón, me tocó butaca, zona de fumadores, sonaba la Sonora Big Band al volumen adecuado.
Para dejarlo claro, la experiencia me proporcionó un placer que, en esta zona, en los últimos años, sólo compararía con las vividas en mi difunto restaurante El Legado (en la Loma del Puerco), en algún rato en el Balea, o en aquellas primeras veces en las que cenar en El Faro o en El Chato era un acontecimiento personal, aún con el brillo que luego pisotean la repetición y la costumbre. Salí con la sensación de que es uno de los pocos restaurantes de la Bahía en los que sentarte es algo realmente especial. Admitamos que no tenemos mucho en ese segmento. Y lo necesitamos. Para comidas señaladas, para cenas de a dos, y para mucho más, porque sí, porque yo lo valgo… Porque la sensación que saqué es que, sin ser barato (ni falta que hace porque ya tenemos cubierto ese sector) es un placer asequible, frecuentable, que me alegraría que esta ciudad conservara. No quiero que la próxima vez hayan bajado los niveles de precio, calidad y encanto para convencer a los bobos que fabricamos excusas, ni voy a tardar un mes en volver porque prefiero pagar 80 euros allí y disfrutar like a pig que dejarme, como suelo, 60 en cualquier tapeo normal con vino.
Probé el menú degustación. Creo recordar que tenía ocho platos, entre los entrantes y lo más contundente. Para ir al grano: excepto dos, todos los demás me parecieron fabulosos. Por sabor, calidad de la materia prima o sorpresa ante la preparación. Esas dos excepciones menos eufóricas fueron un chupito como de pollo al curry (suave y equilibrado, pero no me mola el curry) y una coca con verduras escalibadas y carpaccio de ciervo, algo sosa, aburrida.
El resto, de voltereta y pechasso con tirabuzón invertido y dulce muerte en caja de pino flandes. Especialmente aplaudidos por las glándulas pituitarias y salivares fueron unos huevos escalfados con carpaccio de carabineros, las sardinas marinadas con guacamole, el salmorejito con su güevo fundido, un rodaballo fresquísimo y exquisitamente respetado en la cocina (aunque tenía un acompañamiento de risotto que no era de mi agrado por intensidad de queso).
Todo eso, muy estupendo. Pero lo más mejón que ya no puedo quitar de la cabessa fue un micuit de pato con biscotes de pan de fresa y, zobre todo, zobre todo, diomíodemiarma, el pollo de corral glaseado con setas y ajos tiennos. Ya sé que el pollo puede que no tenga mucho glamour (y menos desde que se le asocia con Andreíta) pero es que creo recordar que jamás probé uno mejor. Lo he puesto en mi olimpo junto a algunas de las mejores carnes, rojas o blancas, que haya probado never más allá de Despeñaperros, en Brasil o Argentina.
El postre era de gran intensidad chocolatera y, como yo no soy fan, pues mejor no opino. Me lo zampé y punto. Todo esto es obra, al parecer, de un joven gaditano de 25 años (New York Times, caaaaaabrón) formado en la Escuela de la Alameda Apossdaca, que pasó por el Barceló, el Parador de Buenos Aires, y que se llama Jesús Recio. Un chef a seguir (por si se le cae alguna fiambrera).
El precio de este menú es de 50 lerus sin bebida. Si añadimos que me pegué una botella de un verdejo de Rueda llamado Belondrade y Lurton (uno de los blancos más peculiares, distintos y sabrosos de los últimos tiempos) la cuenta ascendería un poco, pero la categoría del homenaje siempre alcanzaría cotas aún más memorables. Son 20 años en periodismo. Ya conozco los riesgos del halago. Ahora aparecerán apóstoles del “no es para tanto”, pero en mis sensaciones mando yo. Sí, fue para tanto.
Llegué a las tres. Me fui a las siete.
El trato que nos brindó Chari (jefa de sala, creo) tuvo esa mezcla de ayuda, seducción y discreción que, sumada a los efluvios etílicos, provoca cariño instantáneo como el Nesquik. Los detalles, también dignos de pronto regreso y larga memoria. Un carrito de quesos artesanos, una carta de panes tremenda (de un tal Fidel Pernía, sevillano). Del integral al blanco, pasando por una especie de torta de aceite, el de lima-limón o los biscotes con fresa. Enormes. El café, rotundo e impecable, como mandan los cánones de Navarone.
Admito que ese tributo que me autopegué no puede ser semanal, ni para mí ni para muchos. Pero me animó taco al regreso compulsivo ver que hay otros menuses de 30 euros (en los que puedo elegir dos de esos platos que me gustaron tanto u otros muchos de la carta, como la halagada milhoja de foie, cazón y manzana). Además, esa opción sí que incluye bebercio.
Charlando allí con mi nueva amiga Chari, me enteré de que también tienen tapas, que a finales de mes abren la terraza con ese picoteo cuidado a dos euros el viaje, que creen en lo que hacen y que están hartos de que les hayan puesto la etiqueta de elitistas, caros y lujosos.
Yo me comprometí a intentar combatirla, pero sobre todo, me quedaron ganas de volver con prontitud y reiteración. No seas tan tonto como yo. No dejes pasar dos años. No pierdas el tiempo. Ve. O vuelve.
Mira aquí todos los precios que quieras para sacar tus conclusiones, hacerte un plan, conocer el percal y organizarte. Más gastamos en sitios que no te proporcionan eso tan inusual que va más allá de comer y beber muy bien, que es estar bien.
Ya me cuentas (si es con detalles, mejor).
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