Un amigo viejo y feo que últimamente me da bastantes alegrías, y algún susto, consiguió que me llegara esta botella tan neogitana y tan flamencool. Fue en enero pero me aburría incluirla en los inacabables fastos navideños. Era como devaluarla. Como siempre merecen los grandes placeres, esperé un poco para darle importancia. Mereció la pena. Probé Paco&Lola en una terraza de Santa María (an Ca Caleti, Chez Caleti o Calet’s House). Para evitar exageraciones, digamos que a varios nos proporcionó un placer tal que se nos apareció Chano Lobato, máximo apóstol de la alegría. Creímos ver su rostro en ese sol de invierno que tanto se hace de rogar y que se coló por la cara en aquel aperitivo. Obviamente, brindamos a la salud de su eternidad.
Admito que fue mucho más que el vino. Era la compañía, la temperatura (del caldo y el cielo), el día exacto, el meloso silencio de Sara… la cosa mereció la pena. Paco&Lola es un albariño disfrazado de bailaor. Entra por los ojos y, claro, todos tendemos a desconfiar. Ya sea una persona, un establecimiento, un producto. Cuando la apariencia es fascinante, novedosa, cuando nos parece guapísimo, se activa un bicho malo que todos tenemos en la cabeza: “Algo esconderá”. Pero en algunos casos, la belleza nada oculta. Entonces, el precioso envoltorio se convierte en añadido, en virtud y no en coartada ni escondrijo. Es lo que le sucede a este vino. Su botella y su caja combinan con tal tino tradición y vanguardia, riesgo, estética y humor que cualquiera empieza a disfrutarla antes de abrirla. Obviamente, la joven empresa gallega que lo parió tiene grandes galardones en materia de ‘packaging’. Viene a ser, en vino, lo que Pancracio a chocolates.
Pero en un caso como en el otro, el producto es la única verdad que refuerza o ridiculiza cualquier consideración añadida y ajena. No sólo es apariencia. Es un blanco, cento per cento de uva albariño, criada en el Valle del Salnés. La cata oficial de su web dice que “es muy brillante, de color amarillo pajizo, con destellos verdosos. Destaca por su gran diversidad aromática con notas muy finas de fruta (cítricos y manzana verde) y con matices herbáceos (albahaca) sobre un fondo floral. Es muy fresco, con cuerpo y una acidez viva que le da una frescura deliciosa”. Doy fe.
Mi versión es más simple. Me pareció amabilísimo, el que más sabe a fruta (el toque de manzana se nota un taco, afortunadamente) de todos los blancos que he probado últimamente y con un poso dulzón algo excesivo para mi gusto, pero maravilloso para los que compartieron la botella. Resulta imprescindible desgustarlo al aire libre. Nada de pareja, ni restaurantes por la noche, ni cenas románticas. Muerte a San Valentín. Es un caldo para varias botellas, muy frías (por debajo de 10º), para bastante gente, entre varias parejas, con muchas mujeres. Es una gran recomendación para muchas de ellas, que suelen recelar de cualquier tinto por su dureza y se entregan al primer blanco que les prometa besos de azúcar. Puede parecer machista, pero es mi experiencia. Entre ellas, el porcentaje de adeptos al blanco es mayor. Entre ellos, al tinto. No es ni bueno ni malo. Creo que es azín, aunque la química recomiende lo contrario.
En aquel sábado morning nos lo pegamos sin acompañamiento (seamos sinceros entre nosotros) pero me da la sensación de que es estupendo para maridar con pasta en salsa suave (el tomate es el peor enemigo del vino), ensaladas, pescado (plancha o sin acompañamiento de sabor fuerte), arroz, marisco…
Es un elixir para consumir en lugares descapotables, sin techo, ni carpa, ni cristales. En parques, jardines, playas, terrazas, áticos y, si no tienes posibles, en el balcón o, por lo menos, asomado a la ventana abierta. Su sabor se potencia mucho si el sol te da en la cara. Lo ha demostrado en una tesis el Profesor Franz de Copenhague. Si, como yo, estás loco porque se acabe el invierno más malage y sieso que recuerdan los tiempos. Si piensas brindar por el primer homenaje sin hora final que te pegues bajo un lorenzo ruborizante. Si quieres pegarte uno de esos aperitivos-almuerzos-sobremesas de cinco horas,
de no quitarte las gafas de sol, este vino es el cómplice perfecto. Incluso tiene pecas. No te digo más.
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