Cumple tres años como gran local, uno como restaurante y empieza nueva etapa. El pasado jueves 29 de abril invitaron a unos cuantos tipos adorables (yo me divertía desentonando) para detallarla y esa propuesta parece muy guapa, estilizada, morena, con bikini de diseño, cabeza amueblada y pareo elegante.
Arsenio Manila (del grupo de Raúl Cueto) es el establecimiento bandera de un conjunto de sitios marcados por la flexibilidad, de oferta, de horario (gracias), de ambientes. Casi todos ellos son como el increíble hombre de goma pero en versión hostelera. Ya desde su entrada descendente, que aún así atrapa la luz del Paseo Marítimo, se muestra afortunadamente distinto.
Los que lo llevan no dejan de reinventarse, de viajar y proponer. Lo que se les ha ocurrido ahora tiene pinta de ser buena idea. Arsenio Manila inicia temporada con una carta de cenas renovada, que conserva lo mejor de la anterior (tranquilos, que no han quitado la Ensalada Nahu) y con apuestas atrevidas, atractivas. Han fichado para la cocina a José Luis Quintero, joven gaditano, apenas 30 años, que echó las muelas en El Faro, como casi todo el mundo, y luego llamó la atención con aquello tan agradable y tristemente desaparecido que se llamó El Parador de Buenos Aires. Además, como jefe de sala está Toni Fernández otro JASP (ex Berasategui), que mezcla rigor y cercanía para dar amenas clases de enología sin pretenderlo. Se le escapan. Como anticipó Hanky Moody (que como Parker Lewis, nunca yerra) conviene hacerle caso de forma crónica.
Para la renovación de la carta y el relanzamiento de tan atractivo sitio, cuentan con el asesoramiento de Carl Borg, una de las sensaciones del último Madrid Fusión. Ya le dedicaremos un post en exclusiva a este suecojiennense porque, en el mejor sentido, es todo un personaje que se va a venir a Cádiz en verano.
A este potencial humano, se le suma la idea estética del sitio. Con ese punto insular, de chill out cabal y corazón encalado, con ese encanto mediterráneo de chiringuito de lujo que, sin restar formalidad ni calidad, relaja nada más entrar. Hasta ocho propuestas musicales (alrededor del jazz, sobre todo) están incluidas en la nueva carta. Ese detalle, el de poder elegir la banda sonora de la velada, da idea de la pretensión de los que están detrás de Arsenio. Se trata de que los cinco sentidos, incluso el parietal, parte de los genitales y la sección más bohemia del alma, entren en trance de bienestar. Hay un rollo pijipi (mitad pijo, mitad hippy) logrado, que se potencia con la flexibilidad.
Carta de tapas, carta de medios platos, para llevar, el bar junto al restaurante, para seguir la noche. La cocina abierta hasta la una de la madrugada. Da la sensación de que es un templo para improvisadores (gracias, de nuevo), para los que quieren comer poco cuando toca mucho, o al revés, para los que nunca llevan reloj, jaman cuando les place, beben cuando les viene en gana pero quieren que todo sea algo especial. Es un concepto que aporta variantes en una ciudad asfixiada por el mimetismo y los horarios estrictos.
Respecto a la oferta gastronómica renovada, me pareció a la altura del gran encanto general. Es como el espíritu del Nahu embotellado (emparedado, en este caso). En aquel chiringuito en el que tanto he disfrutado se dieron cuenta de que la gente agradecía una cocina de alto nivel a un precio soportable pero en un entorno excepcional. Raúl Cueto lo confesó en la presentación. Esa es la idea.
Todos los platos ofrecidos me gustaron entre bastante y muchísimo. Especialmente, la combinación de gazpacho
con fresas (muy presentes en la carta en los lugares más insospechados, incluso a la plancha), un huevo escalfado (están de moda) a 63 grados (llevé termómetro) con ortiguillas y caldo o el arroz negro con fresquérrimo choco, al que un toque de limón rallado daba un punto originalísimo. El cochinillo, el bacalao, el foie con queso de cabra, todo elaborado con una intención de suavidad (quizás acorde con la música y el carácter del sitio) más que de impacto. Creatividad, riesgo y estética de presentación acompañaban cada embestida. El postre, simulando un jardín según la idea del malagueño gurú de los fogones, Dani García, fue realmente agradable. Los vinos parecieron un acierto. Pirineos, blanco de Somontano, y La Montesa, de Alfaro, un Rioja no filtrado de azombroza textura suave que quita la razón a los que huyen de esta denominación por su posible dureza.
Todo eso fue una presentación, un pequeño menú orientativo, que no representa ni el 20% de la carta de cenas, más lujosa, ni de la de tapas y medios platos, más sencilla y asequible. Si acaso, es una pista, sirve para sacar una conclusión general. Gran sitio, sobre todo por microclima, para cenas románticas y de amigos, de las que son un principio y no el final. Con libertad horaria, bar cool adjunto y océano enfrente. No entro en asuntos personales. Ni soy amigo de los dueños y profesionales ni me preocuparía que se ofendieran por una crítica, sólo creo que vi una oferta espléndida para la ciudad, la Bahía y la provincia. Si no redonda, casi. Ovalada, por lo menos. Una cocina que no está lejos de las mejores de esta tierra en un entorno que es de los mejores de esta tierra. La nota media, si se trata de jugar a exámenes, saldría alta.
Pero se trata de que la pongas tu y los que vayan contigo. Que yo no pagué (eso siempre ayuda a que todo te guste más) y, además, no tengo ni puta idea. Sólo soy un estupendo impostor.
FOTOS: Arriba, de izquierda a derecha: Toni Fernández (jefe de sala), Raúl Cueto (propietario), José Luis Quintero (cocinero) y Carl Borg (cocinero-asesor). Abajo, el gazpacho con fresas.
Ambas imágenes son cortesía del más grande, the very best, Pepe Monforte y su megaweb gastronómica ‘Cosas de Comé’ que si no la visitas frecuently es que eres carajote/a.
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