Yo sólo buscaba un regalo y, de paso, algo que necesitaba en alimentación, pero, de relepente, se unieron todas las fuerzas del universo (la nación del agua, la del fuego, la del viento y la tierra) para que se resumieran en una sola tarde las peores experiencias ultrasensoriales que pueden vivirse en unos grandes almacenes, que casi todos son iguales, aquí y en Pekín. Por mi mare que no lo piso en un tiempo.
No vuelvo porque:
1) La última serie que vio la chica que atiende (es un decir) en los DVD es ‘Pepa y Pepe’. De otra forma, no se entiende su cara de extrañeza catatónica cada vez que le preguntaba ¿y la tercera temporada de esta otra la tendrías?. Y a las dos chavalas de librería no les gusta leer. Ni los que leen. Les pregunté por un par de libros que no veía en las estanterías y me miraron con cara de asco. Mucho asco. Buscaron con desgana. Agua.
2) A los que te atienden, en general, les repugna el material que venden. Hacen muchas pruebas para conseguir que a los que están en deportes les repelan los chándales, a los que están en informática les den náuseas los ordenadores, a los de perfumería les horripile la colonia y así, hasta el infinito. No es fácil de conseguir. Alguna vez pueden equivocarse y poner a alguien en un departamento que le gusta o le interesa. (Esta norma tiene su única excepción en charcutería, pescadería, carnicería, cafeterías y chucherías). Ahí, por lo común, me parecen adorables. Espero que no les manden a confección como represalia.
3) En muchos departamentos no hay nadie para atenderte. Llegas a pensar si alguien se habrá puesto malo. O si esos corrillos de puretas con corbata habrá culminado su intriga con la desaparición de otro empleado. 22 minutos de reloj (bueno, de móvil) levantando las manos y todo. El departamento de música vacío. Los currantes que pasan por el pasillo vecino sufren un misterioso tirón muscular que les hace girar el cuello para otro lado. Que yo parecía Fernando Torres pidiendo la pelota en el segundo palo, o Gasol marcándole un alley-hoop a Kobe Bryant. Pues nada, me fui sin el CD de Miguel Bosé. No hubo cojones.
4) La única caja abierta entre 2.500 está, justamente, en el otro extremo, exactamente en ese misterioso lugar llamado a tomar por culo, a unos tres kilómetros de tu ubicación actual.
5) Nunca resolverás las dos dudas metafísicas que te corroen: “¿Los seis tetra-brik agrupados en el plástico se cuentan por separado o como un solo producto? ¿Por tanto, puedo pasar por la caja rápida o no?”.
6) Después de comerte el coco, ves que hay gente que pasa por la caja rápida con material suficiente para llenar dos aviones Hércules de la OTAN.
7) No te regalan el aparcamiento y, además, cuando vas a pagarlo, el ticket nunca funciona. “La banda magnética”, te dicen. Habrá que contratar otra banda, que la máquina se estropea más que un Scalextric cuando eras chico.
Está todo lleno de clientes extraños, mesetarios, con acentos castellanos, y acelerados modos de grandes urbes. Como diría el Maestro Reguera ¿Acaso voy yo a Madrid un mes entero a dar por culo?
9) Tienes que haber hecho un cursillo, por tu cuenta, de cierre hermético de bolsitas de plástico con sellado térmico (puede servirte para encontrar curro, la cosa está mala) porque el de seguridad te da la bolsa para que metas lo que llevas, te señala la máquina y se retira, sin hablar, sólo usando el índice, como un mayordomo de las primeras películas de Hitchcock. A un tío al que le sale una serpentina de la oreja, tiendes a obedecerle, por puro miedo.
10) Acortan la vida del ser humano. En pleno agosto, te mientan la vuelta al cole. En Octubre, te hablan de Navidad. En Carnaval, de primavera. En mayo, de agosto. Parecen empujarte hacia la muerte. Menos mal que no tienen departamento funerario que, si no, ya imagino los carteles. “Ya llega la parca. Viene antes de lo que piensas. ¿Pino Flandes, Conglomerado Star, Cremación? No dejes el final para el final”.
Añadido: Eso sí, barato es.
Obélix (pero llámame Górdix) General
Comentarios recientes