Pocas risas

Donde quiera que mires, la perspectiva de género es desoladora. No ofrece muchas risas, no. Lo siento, pero no hay forma. Sin ir más lejos, acabamos de saber que en la inmensa mayoría de las autonomías las chicas han sacado mejores notas que los chicos en selectividad. De nuevo. Ellas son en general más serias, cumplidoras, rigurosas y trabajadoras. Muchachas hermosas, con toda la vida por delante, con inteligencia y capacidad, constantes y valientes, deseosas de salir al mundo y a comerse su parte. Pero luego eso no se corresponderá con las oportunidades laborales ni de progreso profesional. Ahora, como hace unas cuantas décadas, tendrán que trabajar el doble para ser consideradas la mitad, deberán soportar obstáculos irracionales, incluso burdos. «Lalia, a ver si vienes con falda, que mis redactores quieren verte las piernas», me dijo un redactor-jefe, en mis primera prácticas, allá en el pleistoceno, y no se me olvida. Tenía 17 años y lo último que podía pensar es que la calidad de mis extremidades inferiores pudiera ser una cualidad periodística. La impunidad en que se ha movido el machismo en el ámbito laboral (entre otros) ha sido y es increíble. Aún hoy hay una empresa de bandera que ha sido sorprendida in fraganti haciendo ¡test de embarazo! a las candidatas a entrar en plantilla. Que era por la propia seguridad de las trabajadoras, dijeron. No fastidien y encima nos tomen por tont@s.

Ya cansa tanto como indigna. Queremos pensar que hemos avanzado. Si se mira la Edad Media, o la situación de la Arabia Saudí contemporánea, donde te pueden decapitar en plena calle, quizás, pero hay indicios peligrosos de retroceso. Si el populismo arrasa es porque se han dejado sueltos los demonios que eran contenidos por la civilización, por la educación o la tan denostada corrección política, que son las normas que hemos de darnos para vivir en común con respeto.
Para mí ha sido un alucinante descubrimiento el machismo salvaje, delictivo, destapado en los sanfermines. Si el año pasado la llamada «manada» cometía una terrible violación grupal, y la filmaba y subía a las redes sociales, este nos llega como una especie de reacción solidaria, a base de chapas o camisetas con dibujos y mensajes insultantes hacia las mujeres. ¿De qué van estos tíos? ¿cuál es su diversión? ¿Cómo les funciona la cabeza? Ellos son las verdaderas bestias, los que deberían correr por Estafeta y morir, eso sí, sin honor, en la plaza publica.

un golpe en la mesa

En dos ocasiones recientes, y desde posiciones diametralmente opuestas, he oído hablar estos días de la necesidad de ‘dar un golpe en la mesa’ o ‘plantarse’ frente al Gobierno central para que corrija el maltrato a Andalucía en los Presupuestos Generales del Estado. El recorte de la inversión pública, que es ni más ni menos que del 36,6%, mientras se incrementa en las demás regiones, va a perjudicar a los ciudadanos de esta comunidad. Lo dice la CEA y lo dice CC OO, es decir, que no es un tema sectario, aunque sí lo parezca el hecho de que el Gobierno de todo el país relegue en sus cuentas a la comunidad más grande por el hecho de que no vota al partido que lo sustenta. Los expertos detectan que en este preciso momento en que empieza a recuperarse la economía, el gasto de la Administración es un acicate y un impulso para el sector privado. Sin él, creceremos menos, seguiremos en la cola, seremos más pobres que el resto de los españoles.
Sin embargo, el Gobierno autonómico no llega más que a usar el arma del enfrentamiento con el PP andaluz, para intentar ponerle entre la espada y la pared de la lealtad a los andaluces o a su jefe supremo. Pero esto no resulta. Se queda en un rifirrafe cansino que a nadie interesa ya.
Si por algo urge revitalizar la acción política del Gobierno de Susana Díaz ahora mismo no es por el golpe moral que la presidenta ha sufrido en su carrera orgánica hacia el estrellato socialista, sino por conseguir que llegue el dinero que corresponde a los andaluces. No es una cuestión de marketing, de lavar la cara de la derrota, de dar la impresión, sobre todo a los pedristas, de que el fortín socialista andaluz resiste y es intocable para que el PSOE vuelva a recuperarse. El PSOE andaluz, a pesar de su llamativo silencio sobre los pactos con PNV y los partidos canarios, no debe dar por perdida la batalla de la inversión pública, en la que no hace más que recibir golpes. Ni siquiera Sánchez Maldonado ha arañado un euro del plan especial de empleo que pidió en Madrid.
Sin embargo, el debate está situado ahora en si Susana Díaz va a hacer crisis de gobierno y cuándo, si va a caer este o aquel consejero. Los rumores están disparados y no hacen más que generar inestabilidad en unas áreas que llevan ya demasiado tiempo en precario, pendientes de los vaivenes de su presidenta.
Porque, en fin, un gobierno no son tanto sus miembros como quien lo dirige. Para la presidenta son todos los honores y todas las recriminaciones. De ella depende que la política andaluza recupere el pulso. Ya no debe tardar más.

confianza sin triunfalismo

a tarde era luminosa, pero vi perfectamente el relámpago. Fue un flash en la conversación con el filósofo Javier Gomá, acerca de su libro ‘La imagen de tu vida’. Creo que estaba respondiendo a una cuestión que él mismo formula respecto a Cervantes, «¿por qué elegir hoy la civilización y no la barbarie?», cuando planteó la evidente necesidad de cambiar el paradigma, el pensamiento actual, porque ya no responde a las ‘formas de dominación’ en que estamos.

Hay, es evidente, un desfase entre lo que está pasando en la vida de la gente y las ideas que rigen lo común, la gobernanza, la política. De ahí tantas sorpresas imprevistas entre el ‘stablishment’, medios incluidos, que como profetas no nos comeríamos una rosca. ¿Cómo ajustarlo?

Hay que leer a Gomá, tan a contracorriente por mucho que sea director de la Fundación Juan March, letrado del Estado y miembro destacado de la intelectualidad española. El análisis, viene a decir, está errado porque es catastrofista y no reconoce cuánto ha avanzado la sociedad. A pesar de que no deja de haber excesos, disfunciones, confusos límites, abandono de la excelencia, o de la ‘ejemplaridad’, como norma; de que el ideal de la época no emerge, la imagen consensuada de lo que somos no responde a la realidad. Porque los cánones del mainstream son fatalistas, tristes, siniestros, y además injustos. Nos niega, dice, «con necia ligereza» los bienes que dan «gozo y esperanza». Puso un ejemplo contundente. Antes, dijo, y no hace mucho, la violación era «la educación del señorito». Hoy es un delito que horroriza.

Por eso su propuesta es mirar el futuro «sin triunfalismo pero con confianza».

Los avances se producen siempre a base de forzar lo convencional. ¿Será pues llegado el momento de ‘defender la alegría’? La «alegría inteligente» que, aun contra todo pronóstico, debe conquistarse.

Lo que sí es seguro es que hay que oír a los filósofos.

Andalucía, en peligro

La dura y drástica derrota de Susana Díaz en las primarias socialistas ha puesto de manifiesto un error de cálculo radical sobre todos los demás: el de que contar con los votos de Andalucía sería suficiente. Pero no ha sido así y, además, los ‘pedristas’ han arañado un porcentaje altísimo, cuando los estrategas de la presidenta nunca pensaron ni por asomo que superarían el 30%. Este dato, unido a la presencia de ‘patxistas’, transmutación del ‘pizarrismo’ y aliados de los primeros contra la baronesa andaluza, llegado el caso, traza un panorama desolador: el 36% del PSOE andaluz no está con su secretaria general. A ello hay que añadir el porcentaje de abstención, del 18% del censo de militantes con las cuotas al día.

La dirigente andaluza, que tanto presumió en todos los foros de haber «cosido» el partido que encontró «destrozado» durante el mandato de José Antonio Griñán, cuando por cierto era secretaria de organización y consejera, ve así desmontado uno de sus grandes argumentos. Griñán nunca llegó a tener tanto rechazo. Pero la dirigente socialista ha sabido leer los datos, aunque sea a tan alto precio. Su larguísima gira orgánica, en la que ha estado demasiado tiempo, directa e indirectamente, le ha pasado factura, por mucho que quisiera multiplicar su agenda con fotos diarias en colegios, hospitales, residencias, asilos. Su distancia de la Comunidad, por ejemplo el rechazo a conceder entrevistas a medios andaluces, no ha pasado desapercibida.

Hay signos de alarma (orgánica) en demasiadas provincias. Los sectores críticos se han rearmado, antiguas heridas están reabiertas, y de ahí también el movimiento de anticipar el congreso regional.

Pero sobre todo vuelve al primer plano una preocupación que ya estaba en los ámbitos socialistas cuando comenzó toda esta aventura: si Susana Díaz no estaba poniendo en riesgo el poder en la Junta, que es su principal y último bastión de poder. No se puede dejar de tener en cuenta la curva descendente de votos del PSOE-A, imparable, y la nueva fragmentación del Parlamento, donde el PP-A ya no necesita mayoría absoluta, porque puede sumar con Ciudadanos.

De ahí el repliegue, por más que pueda tener también razones de otro orden, incluida la aceptación de la derrota y hasta la lealtad hacia las siglas y al ganador. Susana Díaz ya no es aquella que gana todo, ese repetido «me gusta ganar» ha sido un hándicap en fin, y hasta ha llevado al PSOE andaluz a jugar un papel nunca visto, de parte y no de equilibrio interno, como le reprochan, ‘sotto voce’, los históricos. Su reto ahora es recuperar el tiempo perdido. Tarea no le va a faltar. Empieza la batalla de la financiación autonómica y el debate territorial, donde Andalucía tiene todas las papeletas para perder. La Comunidad está cada vez más alejada de la media en los estándares de bienestar. Aparte, todos agradeceremos que dejen de matarse.

Fechas

A sevilla le ha salido muy bien adaptar la feria al calendario, y a la realidad, porque se ha aprovechado el puente del uno de mayo para un llenazo sin precedentes, que se hubiera perdido de observarse la apertura oficial el lunes por la noche, o ‘del pescaíto’. Aunque en verdad ya el fin de semana anterior a esta noche de frituras las casetas, aunque fuera extraoficialmente, estaban a tope.
En cádiz vuelve el debate de poner una fecha fija al Carnaval. NO es lo mismo, porque la feria de sevilla se sigue rigiendo por la Semana Santa, y esta, a su vez, por los ciclos lunares, que son los que rigen para convocar los días de carnestolendas antes del Miércoles de Ceniza (y también después, pero eso es otro tema).
Yo no alteraría el curso de los tiempos ni de las costumbres. Lo que sí hay que hacer es aprovechar más el tirón del carnaval y programas con más frecuencia espectáculos de agrupaciones para atraer turismo. Las coplas son una riqueza, tangible, y hay que buscar una fórmula para que la ciudad se beneficie todo el año.
Lo contrario no se explica.
(Lquindoi, 15 mayo)

Alegría inteligente

“La naturaleza regala la tristeza a cualquiera que pasa, mientras que la alegría inteligente es un arte raro, más que humano, casi divino. Elogio eterno a quien sepa practicarlo”.
Esta frase tan redonda no es mía. La escribe Javier Gomá, el filósofo cuyo último libro, La imagen de tu vida, presento este jueves en la Feria del Libro de Sevilla (por cierto, que es a las nueve, quedan invitados)
La alegría es un arte raro, sí, y no viene sola, salvo que se tenga ese genio innato que sin duda hay quien posee. Es preciso buscarla, entrenarla, sostenerla, a veces en desafío a todos los elementos,pero el esfuerzo compensa.
Por eso admiro a quienes pasan por aquí cada noche y ofrecen una serie de ejercicios a seguir,como una terapia, o una senda que caminar.
Alegría inteligente, dice Gomá. Qué otra cosa si no puede ser el estado de ánimo que nos permite vivir mejor, como una aplicación de lo que también se ha llamado ‘inteligencia emocional’.
Es verdad que no ofrece la realidad muchas razones para la alegría. El final de cada día es un cúmulo de escándalos, corrupciones, frustraciones, impotencias. Por eso tiene más mérito, por eso hace más falta. Creo que cada cual lleva dentro de sí la semilla. Buscarla es empezar a caminar en el buen sentido. Y eso q hay gente que lo pone muy crudo…
(Al Liquindoi, 22 de mayo)

PLAYA

Leí al Nobel Orah Pamuk y lo adapté rápidamente a mi lenguaje: El mundo no puede ser tan malo si uno tiene la posibilidad de pasear por la orilla de la playa (el decía del Bósforo, que no está tampoco nada mal como paisaje). Ahora que, cuando lo permita el levante, nos volvemos del revés, a mirar al horizonte tras las olas, se viene encima el peso del invierno, arduo aunque el clima no haya sido duro, y el ansia de un tiempo luminoso.
Alguien, en uno de esos estudios que se hacen para demostrar lo que ya estaba demostrado, ha dicho que mirar el mar aporta felicidad y sosiego. Parece que activa determinadas enzimas. Cualquiera puede ratificarlo solo con una breve experiencia.
Los que hemos sido niños de playa, felices niños de larguísimas vacaciones que nos dejaban achicharrados cuando aún no temíamos al agujero de ozono, lo llevamos puesto. Es una suerte. Pase lo que pase, estará ahí el mar para devolvernos a lo esencial. Nadie lo reflejó mejor que Alberti, hoy tan olvidado, con su desgarro al abandonar la Bahía, “por qué me desenterraste padre del mar”.
En sueños la marejada me tira del corazón… se me quisiera llevar.

…Y yo me pongo mala en mi cuarto sevillano cuando oigo por la radio el horario de mareas
(aL lIQUINDOI, cANAL sUR rADIO, 29 MAYO)

Abusadas

Mchas personas con las que he comentado el temendo caso del catedrático sevillano condenado por abusos sexuales me han contado haber sufrido personalmente o conocer situaciones similares. Ya en cuanto salió la sentencia, una catedrática amiga me dio pistas de una colaboradora que había sido víctima directa de Santiago Romero, pero no llegó a denunciar, y de que tenía indicios de que eran aún muchas más.

Nos encontramos con varios focos de escándalo: La complicidad del entorno, facilitada por la endogamia de la universidad, que llegó hasta a los bedeles; la pusilánime, cuando no pasiva, actuación de la hispalense para proteger a las denunciantes, porque en aras de la presunción de inocencia el ahora condenado disfrutó de absoluta impunidad y hasta del premio de un año sabático; la desesperante lentitud de la justicia, que empleó seis años en dictar sentencia.

Pero aun más al fondo, en este asunto subyace una situación ancestral, anclada de manera firme en la civilización, que ya es hora de romper y que esperemos que la crudeza del auto ayude a desbaratar. Se trata del sometimiento de la mujer al deseo del hombre. Quizás haya llegado la hora de hablar claro, porque el lenguaje que estamos utilizando nos sirve para delimitar conceptos, pero aleja, enfría, la realidad. En la universidad, en la empresa, en la calle, hasta en las familias y en los ámbitos privados, las mujeres son, o pueden ser, abusadas. Es lo normal, lo que ha pasado siempre. Lo que sigue pasando, porque no hay que olvidar que en este país se denuncia una violación cada ocho horas. Hay en nosotras un cierto instinto de especie que nos avisa del peligro y nos pone en guardia. Solo las mujeres sabemos bien en qué consiste, lo que es vivir con esa precaución instintiva, con ese menoscabo de la libertad. Porque además las víctimas son culpabilizadas y han de demostrar que ellas no hicieron nada para sufrir el abuso.

Dicen que en la Universidad ya hay quien pone sus barbas a remojar. Que tomen nota en otros ámbitos.

Abusador cum laude

Santiago Romero Granados (Archidona, Málaga, 1949) era una autoridad en lo suyo, la enseñanza de la Educación Física a los futuros maestros, en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Sevilla. Un hombre poderoso en el endogámico estamento universitario, que se creía a salvo de todo porque manejaba los engranajes del futuro profesional de sus ayudantes y que no tenía ningún problema en acorralar a las profesoras bajo sus órdenes, meterles la mano en la entrepierna, magrearles los pechos, pasarles los genitales por la cara, aplastarlos contra sus glúteos o gritarles por los pasillos que tenía «un bulto en un huevo». «¡Tócalo, tócalo!», exigía a una de sus víctimas. «Debes follar más, estás muy delgada», «qué buena estás». Esta desagradable sucesión de gestos, y muchos más, se relatan en los hechos probados de la sentencia del Juzgado de lo Penal nº2 de Sevilla que acaba de condenarle a 7 años y 9 meses de prisión, además de una indemnización de 110.000 euros, por tres delitos continuados de abusos sexuales y otro de lesiones psicológicas contra dos profesoras auxiliares y una becaria de investigación.

Encubridores
El entorno del catedrático no se ha portado de forma precisamente ejemplar. El caso deja en evidencia a buena parte del departamento, que declaró a favor de su jefe y hasta elevó un escrito en su defensa. El juez hace hincapié en la debilidad de estos testimonios « manifiestamente parciales» y hasta abre la posibilidad de que se deriven responsabilidades administrativas sobre quienes encubrieron sus prácticas.

El final de la carrera de Santiago Romero va a ser, probablemente, la cárcel y la expulsión de su puesto, después de haber sido el primer catedrático de España de su especialidad, Ciencias de la Actividad Física y el Deporte; decano durante doce años; director de departamento; miembro del claustro de la Hispalense; Medalla de Plata de la Real Orden del Mérito Deportivo del Consejo Superior de Deportes, entrenador y seleccionador nacional de voleibol femenino. Sus publicaciones, dirección de tesis y proyectos se cuentan por cientos en su curriculum oficial. La mayoría son colectivos. Porque, entre otras cosas, la sentencia destapa que obligaba a sus subordinados a incluir su firma en todos los trabajos que realizaran.

Los abusos probados de Santiago Romero se prolongaron desde 2006 hasta 2010, cuando una de las víctimas preguntó qué le pasaba a una compañera «brillante y con una perspectiva profesional de éxito», pero que «faltaba mucho, enfermaba a menudo, se encontraba decaída, cohibida», según relatado a Canal Sur. Esta le confesó que estaba siendo acosada por el catedrático y se decidió a denunciar. A ambas se uniría una becaria de investigación, pero en la universidad se sabe que hay más mujeres abusadas que no se decidieron a hacerlo.

Santiago Romero no se cortaba: «Aquí se hace lo que yo digo, y si no haces lo que yo digo no vas a trabajar en la Universidad (de Sevilla) ni en ninguna otra de España», le amenazó a esta profesora. «Si sigues por ese camino te encontrarás una gran soledad en el futuro y muchas piedrecitas en el camino». El juez ha valorado la posición de prevalencia y dominio del catedrático, pese a que «no sólo tenía la obligación de respetar las normas, derechos y libertades» de sus subordinados, «sino incluso tenía el deber de convertirse en garante» de los mismos.

Trató de desacreditarlas
El ahora condenado no sólo se cargó la carrera profesional de las tres mujeres –una de las cuales abandonó la docencia, otra tuvo que cambiarse de Universidad y la tercera vio retrasado el acceso al grado de doctor–, sino también su vida personal. El catedrático ha dejado «una huella difícil de borrar» en sus víctimas, considera el juez. Una de ellas lo explicaba así:«Me levantaba por las mañanas llorando desesperadamente porque no quería ir a trabajar, pero tenía clases y era mi obligación. Sufría mucho, no quería verlo, no quería escucharlo y, mucho menos quería que me tocara».

Ahora las tres víctimas se encuentran en un carrusel de emociones, «aterrizando», dice Amparo Díez, la abogada de una de ellas. «Están mal, aunque de distinta manera. Mi clienta tiene el ánimo muy débil». El proceso ha durado demasiado tiempo, diez años, seis de ellos sólo para la instrucción judicial. La víctima revive continuamente los recuerdos, en especial de las declaraciones ante las instancias universitarias una vez que decidió denunciar. Fueron horas de escrutinio para ser creída, y aún así sólo logró que le asignaran un despacho diferente, en el edificio de la Facultad de Enfermería, con la consiguiente dificultad para desarrollar su trabajo, y un horario distinto al de su jefe.

Romero desplegó todo su poder para desacreditarlas. Hasta se propagó el rumor, atribuido a su círculo, de que una de las denunciantes tenía sida. El Servicio de Prevención de Riesgos Laborales de la US, con una «diligencia extraordinaria», según la catedrática Adela Muñoz, le obligó a hacerse análisis para demostrar lo contrario.

El escándalo ha sido mayúsculo cuando se ha comprobado que Romero Granados seguía dando clases hasta el mismo día de publicarse la sentencia. Aunque fue la propia Universidad la que llevó el caso a la Fiscalía, al concluir el expediente que se trataba de delitos de gravedad Romero siguió como si nada, salvo por la concesión de un año sabático, que pasó en Sevilla.Según algunas fuentes, continuó paseándose por donde quiso, sin hacer caso de las restricciones impuestas respecto a acercarse a sus víctimas. A día de hoy, sigue sin pedir perdón.

“Muchísimo tiempo”

“Muchísimo tiempo”

Cada año, desde hace 16, en la mañana de Reyes acudimos a mediodía convocados por el recuerdo de alguien que nos dejó, y aunque pasen los días, y la vida siga, con sus alegrías y con sus afanes, con más palos y disgustos, según se acerca el momento en que ocurrió el fatal accidente el suelo se tambalea igual que entonces. O más, porque suma y arrastra otros desconsuelos, sobre todo el de constatar lo irremediable.
Esta historia personal, con pequeñas variaciones, la puede suscribir mucha gente. No es nada extraordinario, no es una ensoñación futurista tipo ‘Black Mirror’, sino que forma parte de la experiencia humana más general. Por eso, en medio del ajetreo de estos días de compras y de lejanía de la intensa actualidad, el despectivo comentario de Mariano Rajoy sobre el dictamen del Consejo de Estado destapando las vergüenzas del avión Yak 42, en el que murieron 62 militares, cuando dijo “de eso hace muchísimo tiempo” mientras paseaba por su pueblo, se abre paso y resuena con un eco de especial repugnancia.
Es probable, o más que seguro, que esto no tenga coste político para el Partido Popular. Hemos visto grandes escándalos de corrupción que han mermado apenas su apoyo electoral. En clave menor, liamos una controversia parda con las palabras de Cristina Cifuentes sobre/contra los andaluces, y que los de Madrid nos pagan la sanidad y la educación, y el PP andaluz se ríe de aquello, porque tiene una encuesta que dice que la mayoría de la gente no se había enterado de qué había pasado.
Pero está la decencia. ¿O la descartamos del todo como valor político y pasamos a otra cosa? En realidad lo que le queda de arraigo es poco, pero si no la reclamamos es cuando estaremos del todo perdidos. El Gobierno actúa en nombre de los que le eligen y de los que no, es decir de todo un país. La falta de empatía, la soberbia, el desprecio, hacia un grupo humano, de servidores públicos además, que dejaron sus vidas en un campo de Turquía víctimas de una terrible secuencia de irregularidades, más la impresentable gestión de la crisis, con la confusión de los cuerpos, la sospecha de artefacto jurídico con la ‘mano oscura’ de Federico Trillo, entonces responsable de Defensa, las deudas del PP y de Rajoy con éste por su supuesta posesión de secretos de las tramas de Génova, la resistencia siquiera a cesarle y envolver su salida en un relevo de embajadores ya previsto, componen un escándalo nada menor que el presidente del Gobierno, a su más puro estilo, ha querido despachar con ese “hace muchísimo tiempo”, como cuando “la persona de la que usted me habla” y tantas otras frases célebres.
Hasta ahora, a la vista está, le ha dado resultado. Pero nadie podrá defender a partir de este momento que ese político correoso, al que jalean el sentido del humor sus fieles con grandes aspavientos, tiene corazón.