Con Antonio Maíllo

http://www.diariosur.es/andalucia/201604/17/experiencia-bellisima-vuelta-parlamento-20160416230003.html

Este es el link de la entrevista publicada este domingo. Una pieza magnífica, de esas cosas que reconcilian con la profesión periodística, y con la política

Ser feminista

No me canso de decir que no se puede no ser feminista. Bueno, ya sí me harta ese desprecio resistente, irreductible, a la lucha de las mujeres por la igualdad. Insistiré, no obstante, por que no hay que desesperar: Nadie de bien, ningún demócrata ni ser racional puede dejar de considerarse feminista a estas alturas, como nadie puede declararse racista o esclavista, por poner un ejemplo, sin llamar a escándalo y hasta sin ser detenido.

Ser feminista es estar a favor de que la mitad de la humanidad tenga los mismos derechos que la otra mitad, sin matices. ¿Quién está en desacuerdo? Resulta tremendo oír aún ahora ese tópico de que ‘yo estoy contra el machismo y contra el feminismo’ , como si fuera igual ser racista que no serlo. No vale la equidistancia en esta cuestión, no es un asunto en el que se pueda mantener el punto de equilibrio. O se considera a las mujeres iguales o no.

Se les ve la patita negra, condescendiente, paternalista y, por qué no decirlo machista, a quienes equiparan el machismo y el feminismo. Igual es inconsciente, el patriarcado es hondo y oscuro como una sima abisal, pero conviene que mediten. Por si acaso en el fondo quieren que todo siga igual y solo aparentan por mantener una fachada de corrección política que, apenas se rasca, desvela lo que tanto se empeñan en ocultar.

Miren , por ejemplo, lo que costó deshacer el equívoco, tan intencionado como encastrado en el pensamiento común, entre ‘crimen pasional’ y violencia de género.

De ese lado están no solo los hombres. También muchas mujeres han caído en la trampa de despreciar la lucha del movimiento de las féminas. Algunas incluso se han visto traicionadas por el inconsciente. No se me olvida lo que dijo aquella osada consejera y ministra, Carmen Calvo, que se calificó como feminista «de las que se depilan». Hay que tener mucho estómago para afirmar semejante cosa y luego llevar las riendas de la cultura de este país o de esta región. Merece que resucite la maestra Beauvoir y le dé una colleja: No se nace mujer, se llega a serlo. El feminismo no es una pose ni un juego ni una elucubración ni una forma de tener un empleo. Es, para empezar, una toma de conciencia que se resiste a ser institucionalizada, que debe mantener la rebeldía, en alerta permanente contra quienes, ahora disfrazados de buenistas condescendientes, solo quieren ceder unas migajas para que nos callemos. Luego podremos hablar de tendencias, de feminismo de la igualdad, de la diferencia, de autoras, de corrientes, pero eso es ya reducto de teóricos, lo esencial es inamovible y ahí no hay matices ni concesiones. ¿Cree usted que su mujer, su hija, su madre tiene los mismos derechos, que merece las mismas oportunidades, que ha de ser respetada en su libertad absoluta, que no es propiedad de nadie, que merece el mismo sueldo, que es su igual? ¿O no? Ojalá estuviérais con nosotras. De verdad, sin reticencias. Hemos de hacerlo juntos. Pero, por favor, aclaraos.

Por San Jordi

Por San Jordi
Salimos en las vísperas de San Jordi, esa fiesta del libro y la rosa que ya tardamos en copiar, y no esos haloweens tan asimilados. Un día que por sí solo reivindica lo mejor de los catalanes, ese pueblo al que se asomó el Quijote y donde, antes de que le extasiara la vista del mar, se topó con piernas y brazos humanos que colgaban de los árboles. «Forajidos y bandoleros (…) que por aquí los suele ahorcar la justicia, cuando los coge de veinte en veinte y de treinta en treinta, por donde me doy a entender que debo estar cerca de Barcelona», cuenta Cervantes en el segundo tomo, ese que -quizá de manera nada subliminal- ha regalado Rajoy a Puigdemont. Me permito, pues, celebrar mi San Jordi particular y oficioso y darme el gusto de regalarles un consejo, uno de esos que nadie me ha pedido, para festejar la alegría de leer, que se puede comparar con otras pocas cosas. Para usar este privilegio de desbarrar un poco , aquí y ahora, sobre una lectura que me ha arrebatado como ninguna en los últimos meses y que, por eso mismo, pugna por hacerse un hueco en el orden de las cosas que importan.

Celebremos pues al santo que derrota al dragón con las mejores galas y no solo con uno. Cuatro libros traigo, oiga: La saga de la misteriosa Elena Ferrante que comienza por ‘La amiga estupenda’ y continúa con ‘Un mal nombre’, y luego ‘Las deudas del cuerpo’ para acabar con ‘La niña perdida’. Dos mil páginas que se beben hasta que de pronto entra el pánico de que se acaban y empiezan a leerse de manera morosa, con miedo de que termina. No son exactamente novedades, la última novela salió al mercado en octubre pasado, pero el boca a boca ha sido tan intenso como la más segura garantía de calidad.

Elena Ferrante deconstruye el mundo, lo vuelve a levantar con sus palabras y allí está todo: la vida de las mujeres, la dura supervivencia, los abusos, las complejas relaciones humanas, la lucha de clases y sus falsificaciones, las ficciones cotidianas, la falta de sentido en general. «Todo debe parecer coherente aunque no lo sea», encuentro en uno de mis subrayados, al azar, «Pero si la coherencia no existe ¿para qué fingir?».

Aparte de que es un libro que nos lee, y eso no ocurre mucho, la obra de la Ferrante tiene un curioso añadido de género. Como no se sabe quién se esconde tras ese nombre, si es hombre o mujer, plantea una seria duda acerca de esas barreras de lo masculino y lo femenino y las posibilidades no ya de entendernos a uno y otro lado, sino de comprender el mundo del otro. Si Elena Ferrante fuera un hombre, que lo dudo, significaría que hay razones para la esperanza. En todo caso, es una magnífica lectura también para ellos. Con una rosa roja.

Lenguaje y sexismo

Cada vez que se analiza la violencia contra las mujeres, el acoso sexual, el ‘sexting’ y otros ataques a muchachas, se llega a la conclusión de que es un problema de educación y que como tal hay que abordarlo; que es preciso que los chicos aprendan en las escuelas que las niñas son sus iguales y que es urgente contrarrestar desde las aulas, con tiempo, paciencia y mucha sabiduría, una herencia machista que se ancla en la noche de los tiempos y que parece que muchos traen en el ADN, porque es desolador comprobar cómo, después tantos años de lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, los jóvenes de hoy perpetúan esquemas que creíamos superados: los niños de la cultura 2.0, o por donde vaya ya esta eclosión de lo digital, siguen queriendo vírgenes y difaman a las que van con muchos chicos, miden el largo de la falda, se creen con el derecho de controlar las comunicaciones e imponen unas prácticas, en lo sexual pero no sólo en lo sexual, que ellas no quieren. Un reciente estudio revela que un 25% de las niñas de 15 años han tenido relaciones coitales. El porcentaje de chicos es mayor, como de un 35%, pero la gran diferencia es que ellas lo viven con angustia, mientras que ellos están pletóricos.
Algo va mal. Afecta a las hijas de todos, también a las hijas de los hombres, que han de colaborar, cuanto menos, para que sus criaturas no sufran estos estigmas que, sin duda, horrorizan a todo padre.
Como estamos de acuerdo en todo esto, sin duda, es preciso actuar. Una de las vías es el lenguaje, que define, crea categorías y las destruye. Empeñarse en un cansino “niños y niñas”, “alumnos y alumnas” etc puede ser un horror, lo concedo, yo misma no soy capaz de hacerlo, pero más allá de lo que dice la Real Academia, el sentido común indica que es preciso que las palabras recreen el mundo de otro modo, más amigable con las mujeres. A menudo son palabras crueles, capaces de destrozar o que al menos sutilmente, de forma perversa, colocan unas categorías mentales. No en vano, con perdón por la grosería, tenemos establecido que algo estupendo es “cojonudo” y lo pesado, aburrido e insoportable, resulta ser “un coñazo”.
Por eso me parece que antes de llevarnos las manos a la cabeza por esa instrucción de la Consejería de Educación, o al menos después de hacerlo, pensemos qué hay detrás. Es chusco decir “el profesorado” en vez de “los profesores”, bien, pero a la vez es preciso poner en femenino la mitad del mundo que lo es y, sobre todo, es urgente combatir esa persistente, injusta, insoportable, minusvaloración de las mujeres. Ya chocó decir ‘médica’ o ‘abogada’ en su momento. Ahora se ha normalizado. No se trata de adoptar un lenguaje administrativo obligatorio, se trata de tener una lengua que traslade la realidad de un mundo igualitario. Queda mucho por hacer y ya tardamos en ponernos.

Cherchez el poder

Están los hechos y luego las conjeturas, pero de los primeros se pueden desprender conclusiones no demasiado arriesgadas. En el caso de la investigación que el fiscal del TSJA pide contra el consejero de Economía y Conocimiento, Antonio Ramírez de Arellano, hay algunos datos curiosos de cruzar y coincidencias llamativas.

Veamos las fechas: la denuncia penal se presenta en marzo de 2015, aunque se remite a hechos de 2008, sobre los que ya había un procedimiento contencioso-administrativo. Se trata, como sabrán, del concurso para adjudicar las obras de un centro de la Universidad de Sevilla, contra el que va el Colegio de Arquitectos hispalense.

Cuando se presenta la denuncia penal, Arellano no era consejero, sino rector de la Universidad de Sevilla con aspiraciones a renovar el mandato y con unas elecciones a la vista, que se llevaron a cabo en noviembre y que ganó la lista considerada continuista del catedrático de Física de la Materia y ahora consejero. Por tanto, no parece que, como dijo el vicepresidente de la Junta, la elección de la vía penal por el asunto que ya estaba en lo contencioso tenga que ver con la pertenencia de éste al Gobierno andaluz, sino que se vincula al ámbito universitario donde, por cierto, las luchas por el poder no son tan visibles pero pueden dejar chicas a los puñales en los comités federales y demás órganos partidarios.

Por qué el Colegio de Arquitectos sevillano, que mantiene un largo listado de contenciosos con la Universidad, esperó siete años para llevar esta adjudicación a los tribunales se interpreta no sólo en esta clave de largo conflicto, con la biblioteca imposible de Zaha Hadid al fondo, sino en la lucha interna universitaria, en la que se inscribe también -y esto es materia de los mentideros locales- la larga enemistad del rector anterior a Arellano, Joaquín Luque, y el Colegio de Arquitectos, cuyo decano, que lleva ya cinco mandatos, Ángel Díaz del Río, es profesor colaborador de la Universidad hispalense.

La corrupción y el PP-A

re tanta algarabía con la batalla cada vez menos subterránea en el PSOE, Susana vs Pedro, no se nos puede quedar atrás otro escenario interno jugoso que se atisba, esta vez en el Partido Popular andaluz. Su presidente, Juanma Moreno, ha aprovechado el ‘agujero negro’ mediático del Viernes Santo, cuando se edita un periódico que se lee dos días, para lanzar un mensaje muy significativo: Debe haber más mano dura contra la corrupción en su partido, cuyos cargos públicos no deben tener «mácula».
Aparte de que las declaraciones, a la agencia Europa Press, contengan el reconocimiento explícito de que la corrupción ha «triturado» (sic) al PP, se puede advertir una clara censura desde Andalucía a la actitud de Génova, y por ende de Rajoy. En los nuevos cuadros del PP-A crece el malestar contra la estrategia de su presidente nacional, aunque aquí no surjan, como en el PSOE, estridencias, porque con la rémora de los constantes casos de corrupción que acosan al partido no hay manera de remontar, sino al contrario.
Pero a la vez Moreno lanza un mensaje interno nada despreciable, que habrá que ver cómo se traduce a la hora de dirimir futuras listas o responsabilidades y que va a exigir coherencia al presidente. El caso mas evidente es el de María José García Pelayo, exalcaldesa de Jerez, investigada, o sea imputada, por el Supremo en la ‘Gúrtel andaluza’, a quien él mismo no tuvo pudor en colocar en puesto de salida al Congreso por Cádiz, y a quien anteriormente su partido blindó colocándola en la diputación permanente del Senado.
La imagen de la declaración de Pelayo ante el magistrado del TS, el pasado día 22 de febrero, por prevaricación continuada, la contundencia del auto del juez De la Mata y, por contra, la imperturbable presencia de la diputada levanta ampollas en ámbitos del PP-A, que quieren que se marche, aunque no lo digan en público. Moreno deberá fajarse con los apoyos de la jerezana, que apuntan directamente a Javier Arenas y el PP gaditano.

Postureo letraherido

La épica de la política ha devenido en postureo. Su máxima expresión, hasta el momento, ha sido la reunión del miércoles entre Pedro y Pablo, que no pactarán un gobierno pero acordaron todo un ‘storytelling’: paseo callejero ante las cámaras, con quedada diez minutos antes de la hora prevista, como para contar que son tan normales y tan monos y dan tan bien. Construir un relato, vender un producto.

La subcrónica cuenta que Pablo regaló a Pedro un libro, un gesto de persona cultivada y generosa. En este caso, una historia del baloncesto, dedicada. Pudimos ver, cómo no, el texto manuscrito, a modo de declaración de intenciones de buenrollo.

Pero, ay, la historia sigue y contiene más detalles. Los líderes de PSOE y Podemos hablaron de series de televisión, que es algo muy moderno, porque ahora todo el mundo sabe que la mejor narrativa está en las series, que lo han dicho los popes de la cultura oficial, y otras aficiones, en concreto de Don Winslow, que es un escritor que les gusta mucho a los dos.

¡Don Winslow! Eso me asombró más que el abrigo de piel de cordero o las patitas cubiertas de harina blanca con que Iglesias compareció, su apostura al renunciar a la vicepresidencia del gobierno, pese al pequeño detalle de que se trata de un cargo que nunca había tenido. Winslow es el más egregio representante de la llamada Narcoliteratura y su libro ‘El poder del perro’ precisa de un estómago lector capaz de tragar lo intragable. En un par de ocasiones lo he tomado y en las mismas lo he dejado asqueada: niños asesinados arrojados por un barranco en presencia de su padre; joven esposa seducida y decapitada por sicario cuya cabeza es enviada en una caja al líder del clan rival… una indudable eficacia narrativa en favor de un ambiente tan desagradable que convierte al libro, como dijo el Post, en un pitbul que destroza a dentelladas al que se atreva.

Si uno, y una, es lo que lee, que Pedro y Pablo adoren a Winslow desenmascara ese voluntarioso y amable paseíllo a la dorada luz de la mañana madrileña, camino de palacio y de salvar España.

Porque todo parece, más bien, una función del eterno retorno, el uroboros, la serpiente que se muerde la cola, esas vueltas constantes en torno a unas negociaciones planteadas como un espectáculo, como para esconder que en realidad se está tratando de ganar poder, de sobrevivir. La pesadez frente a la ‘insoportable levedad del ser’.

En medio de toda esta dramática/patética sólo creo que puedo afirmar una cosa: Máximo Díaz-Cano, secretario general de la Presidencia de la Junta y gran experto en Narcoliteratura, no ha recomendado a Winslow a ninguno de los dos dirigentes.

La casta de las diputaciones

Desde que Joaquín Sabina contó que su padre, en su lecho de muerte, preguntó con toda solemnidad «¿para qué sirven las diputaciones provinciales?», el prestigio de la institución está seriamente dañado. Naturalmente, porque se lo había ganado a pulso y la anécdota, entre macabra y divertida, venía a poner en su lugar, como el cuento del rey desnudo, a unas instancias de poder con las que convivimos exactamente desde las Cortes de Cádiz y que apenas si se han aggiornado. En la de mi provincia, sin ir más lejos, se llama al edificio ‘palacio’, desde la puerta se toca un timbre cuando el presidente llega y en el pasillo del despacho oficial, todo isabelino, con cornucopias, tapices, armaduras, escudos, forman los ujieres, en perfecto estado de revista. Es de las pocas alteraciones que registran sus claustros. Una vez fui a visitar a un director de área y hubo un alboroto: era la primera persona que conseguía encontrarlo en su despacho en horas de oficina.

Pero no tiene la menor gracia: plantillas infladas, sueldos altos, horarios descansados, hasta el punto de que trabajar allí es como alcanzar el más allá, pasar a mejor vida; oposiciones semiclandestinas, jubilaciones anticipadas a cuenta de supuestas horas extra, fondos suficientes para alimentar las estructuras de los partidos, cargos de confianza como para atender a toda la parroquia, empezando por los parientes cercanos, etc.

El aprecio a las diputaciones es directamente proporcional al uso del poder en las mismas. Cuando no se tienen se quieren abolir; cuando se detentan se descubren su carácter indispensable y entonces todos se acuerdan de los pequeños pueblos, pobres, qué sería de ellos sin las diputaciones provinciales.

Al pactar su desaparición, Pedro Sánchez ha puesto el dedo en la llaga del poder orgánico socialista, especialmente en Andalucía, pero también en Extremadura y en otros feudos, donde en muchos casos coincide la responsabilidad en el PSOE y en la diputación. ¿En qué estaría pensando? Y sobre todo ¿hasta dónde va a llegar la oposición interna en estos momentos de consulta?

Las alarmas también saltan en el PP, que tiene en las instituciones provinciales el mismo coto de poder. De hecho, la situación en las dipus es el ejemplo más claro de la ‘entente cordiale’ del bipartidismo que ahora se ha roto. Por eso, aunque a los aparatos de los dos grandes les pese, la supresión de las diputaciones aparece como un signo de los tiempos y si al convertirlas en ‘consejos de alcaldes’ sólo se les cambia el nombre, como llamar Subdelegación del Gobierno al Gobierno Civil, todo habrá sido para nada. No me extrañará, porque el juego debe ser atractivo. En él han entrado los nuevos partidos, que se han apresurado a colocar a sus próximos en los despachos. Así, sin miedo a la casta.

El andaluz ideal

Qué difícil resulta encontrar el equilibrio entre la retórica del oficialismo y la crítica ‘destroyer’ en este 28F. Es verdad que un Día de Andalucía, como cualquier otra conmemoración, es para celebrar, que para fustigar ya está el resto del año, pero cómo cansa el recurso institucional a la grandilocuencia, la reiteración de lugares comunes que, precisamente por sabidos, no necesitaría de tanta repetición.

Sin embargo, por paradójico que resulte, en la ‘dramática’ institucional de este Día de Andalucía laten muchos símbolos, mucho sentido, que traspasan la barrera del sonido de la parafernalia un tanto ‘kitsh’ de la ceremonia. Son los que aportan los premiados, una lista de gente compuesta en base a muchos equilibrios (territoriales, de género, de disciplinas) y que en general dan una imagen ejemplar de la sociedad civil andaluza, la que existe más allá de esa capa de lo oficial y a la que se relega demasiadas veces. Su lista en estos largos años de autonomía reúne lo mejor de lo que somos, con algunas concesiones, ejem, entre las que siempre recuerdo la medalla que se dio a un grupo de Cádiz, llamado Los Caños, del que nunca más se supo.

Pongamos que hablo del doctor Salvatierra, Hijo Predilecto, cuya figura apenas era conocida por los círculos médicos y por sus pacientes, o por sus vecinos de El Puerto de Santa María y Córdoba. Salvatierra ha sido un descubrimiento en este 28F tan sujeto a las convulsiones políticas y su discurso, en el que ha hablado con modestia del «placer del trabajo bien hecho», de la «felicidad de la entrega», al tiempo que pedía más recursos para la Sanidad, viene a ser el mejor ejemplo de lo que quiero decir, como lo es el equipo del Carlos Haya, o Josefina Samper, o tantos otros premiados. Muestras de una sociedad civil que, como diría Borges, salva al mundo desde su sitio. Celebremos esa Andalucía justa y real, que no se complace gratuitamente, que no se mira el ombligo, ni tampoco arrasa con la esperanza ni con el reconocimiento de lo que se ha conseguido avanzar.

No es tan difícil

La corrupción tiene terapia, se puede combatir y curar. Lo ha argumentado un foro de expertos que evidencia que hay vida más allá del escaparate oficial y voces que merecen más atención. Gente tan brillante que siguen iluminando aun cuando pasan los días y que preservan un contenido de verdad, una especie de vial de esperanza. Como Adela Cortina, como Antón Costas, como Elena Costas o como Ignacio Osborne, que se han reunido en una jornada, precisamente llamada ‘Terapia contra la corrupción’, puesta en marcha por dos asociaciones catalanas (Cercle de Economía y Grup Set) y dos andaluzas (Centro de Debate y Astigi) en un proyecto que busca construir una sociedad civil activa e influyente al sur del sur. Merece la pena atender sus esfuerzos, porque tienen sustancia y porque la democracia madura exige ya de una implicación personal que reclame y reconstruya una ética pública.

Si hay un lobo bueno y uno malo, decía Adela Cortina, ¿cuál sobrevivirá? Aquel al que alimentes. La filósofa valenciana, que participa en su tierra en plataformas y ha puesto en marcha una ‘Fundación para la ética de las organizaciones’ tiene claro que el problema a atacar son las tramas, porque resistirlas requiere de un heroísmo al alcance de pocos.

Hay tarea por hacer. Por ejemplo, evitar que la sociedad se acostumbre, «la costumbre reconcilia con todas las cosas», citó a Burke Juan Torres, y poner en marcha medidas concretas. Cuatro, apenas cuatro, enunció Elena Costas, investigadora en Politikon y experta en corrupción política: se trata de proteger a los denunciantes, que suelen pagar muy caro su atrevimiento; incluir las fundaciones de los partidos en la ley de financiación de estos, porque por ahí ha entrado una oscura tubería de fecales; imponer la responsabilidad patrimonial de los grupos políticos en los casos de corrupción, para que les duela el bolsillo, y eliminar el aforamiento cuando se trate de casos de esta índole.

Para reconstruir la ética pública es preciso contar con una sociedad más exigente en valores y también acabar con el tópico de que los españoles somos pícaros por naturaleza. Costas contó sobre un curioso estudio de la ciudad de Nueva York: los diplomáticos de la ONU, gente de todos los países como se sabe, gozaban de placas para aparcar libremente en Manhattan. Cuando comenzaron a ponerse multas se vio que incurrían en irregularidades todos por igual. Tanto los admirados nórdicos como los latinos.

El catedrático Antón Costas llegó a formular una ecuación: menos corrupción igual a más transparencia, más y más firmes valores y reforzados controles internos y externos, con códigos éticos en las empresas, como defendió Ignacio Osborne, que impregnen de arriba abajo las organizaciones.

Así que, en fin, no es un mal inevitable. En medio de la confusión, del marasmo actual, resulta reconfortante oírlo.