Españoles y árabes compartimos un cierto sentido del humor. Una amiga de la península arábiga me cuenta la broma del momento: añadirle al apellido del presidente tunecino el sufijo «Baba», de manera que su nombre queda convertido en Zein el-Abidin Ben Ali(Baba). A mí lo que me hace más gracia no es la justa comparación entre Ben Ali y el cuento de Ali Babá y los 40 ladrones (Oriente Próximo tiene una larga tradición de mangantes). Lo que me hace sonreír es el hecho de que en la mayoría de esos países no se puede adquirir Las Mil y Una Noches. La obra resulta demasiado picante. Pero es a ese libro, según sir Richard Burton, al que pertenece un inocente relato de ladrones que en Occidente conocemos desde niños.
Hay tantas cosas que nos son posibles (públicamente) en la mayoría de los países árabes. Comprar cualquier tipo de libro. Vestir como uno quiera. Beber una cerveza fría (o dos). Hablar de política. Criticar a los dirigentes. Hacerse fotos en las que salgan mujeres locales. La lista continúa.
Cuando llegué a vivir al Golfo Pérsico, no entendía lo que hacían todos esos jóvenes pegados permanentemente a sus móviles en los opulentos centros comerciales. Pronto me lo explicaron. Gracias al Bluetooth, hacen lo que todos los adolescentes del mundo: ligar. Como está prohibido sentarse juntos a tomar algo (aunque sea café), se comunican como pueden.
Esa ventana abierta al mundo que ofrece internet ha provocado una situación única. La broma de Bel Ali (Babá) procede de Occidente, pero las árabes la han hecho suya navegando en internet. Cada vez más, a los jóvenes árabes les resulta esquizofrénico vivir en el medievo y ser parte al mismo tiempo del resto del mundo.
Tengo un amigo árabe de más de 50 años que se pasa el día despotricando de los británicos colonialistas que tantas cosas malas hicieron a su país. Su hijo veinteañero, sin embargo, critica a los gobernantes árabes de ese mismo país. ¿Por qué? Porque ha estudiado en el extranjero, y es consciente de que fueron los líderes árabes los que prostituyeron la independencia que tanto les costó arrancar a los abyectos colonialistas. Recibieron la independencia y la transformaron en autocracia, dictadura benévola, dictadura convencional o monarquía absolutista-parlamentaria. Como quieran. El caso es que en el mundo árabe la democracia es un bien escaso.
¿Conseguirán egipcios, tunecinos, yemeníes – y quizá pronto libios y sirios- imponer la democracia? Puede que no. Pero los extraordinarios acontecimientos que estamos viendo en Oriente Próximo no son en vano. El tawrith (el orden establecido) se tambalea. Se cuestiona ya ese sentimiento tan árabe que consiguió camuflar en 2000 el traspaso de poder en Siria de Hafez Asad a su hijo Bashar. Y una vez quebrada esa ley inmutable que hace a Hosni Mubarak imponer a su hijo Gamal (47 años); a Muamar Gadafi al mayor de sus vástagos, Saif (39), o al yemení Ahmed Saleh a su hijo Ali Abdullah, todo es posible.
ana.romero@elmundo.es