Los recuerdos, como la pedante magdalena, están agazapados, dispuestos a dispararse cuando menos lo esperas. Se mantienen a buen recaudo, almacenados bajo siete llaves, pero cuando saltan estás perdida. Los tienes que agarrar y mirarlos de frente, con todas sus consecuencias. Queda después un aprendizaje, una cuenta cerrada, una moraleja. O varias.

Estas dos macetas de zinnias, sin ir más lejos, han destapado la evocación de un hombre bueno, gordo y sordo, portero de una finca y jardinero de oficio, que vivió en Cádiz hasta hace quizá una veintena de años. Procedía de familia noble, su apellido era principesco,  originario de Francia, aunque había venido a menos  y una de sus ramas se estableció en Medina. Era republicano y oía Radio España Independiente en su portería. Como era sordo, la ponía muy alta, para terror de su mujer, que temía que lo oyeran los vecinos, entre los que había algún falangista. Plantó las primeras zinnias que recuerdo.

Así que de pronto saltan como caballos desbocados la infancia, el tiempo de la extrañeza,  la situación de un país dominado por el miedo, que hemos olvidado demasiado pronto; la historia incompleta ya para siempre de  una vida, de la que no pudimos saber más; la peripecia de un hombre que plantaba zinnias y dejó su recuerdo en algunos que le conocieron.

Queda también la importancia de la memoria común, del tiempo compartido,  para reconstruir los fragmentos de la vida que de pronto aparece con un vértigo.

Y, en fin, el poderoso valor de la nostalgia. De la “memoria del emigrante” que alimenta, con amor y con dolor,  Jose, que es quien se acuerda de todo. Todo mi agradecimiento para él, desde aquí, a millares de kilómetros de una distancia que no es más que física. Porque los recuerdos atan para siempre a quienes los hemos compartido.