Comer Mendoza
Leer se parece a comer, digo siempre. A veces apetece dulce, a veces salado, a veces comida basura. Pero nunca ningún libro-alimento ha venido a cubrir las necesidades dietéticas como este nuevo de Eduardo Mendoza, ‘El enigma de la bolsa y la vida’. Porque si algo necesita el cuerpo humano ahora mismo es diversión, evasión, humor, pero inteligente. Una mirada distinta, ácida y descarnada pero también tierna, sobre los problemas y las miserias humanas y sociales que nos rodean.
El detective sin nombre que encontramos en el frenopático de ‘El laberinto de las aceitunas’ y ‘El misterio de la cripta embrujada’ se enfrenta a un singular terrorista, Ali Aaron Pilila, cuando busca a su antiguo compañero de cárcel, Rómulo el Guapo, y a un desquiciante intento de secuestro de Angela Merkel durante su visita a Barcelona. Con una estrafalaria galería de personajes, dos ‘estáticos’, el timador llamado Pollo Morgan y un negro albino; la Moski, una acordeonista ex estalinista, un bar llamado Se Vende Perro, un swami de nombre Pashmarote Pasha, la familia china del bazar de enfrente, un micromundo en sí misma… Mendoza construye un libro de esos que te reconcilian con la lectura, con la vida, y que no se puede considerar menor. Resulta mucho más difícil hacer reir que llorar, y más ahora. Prueba de ello es que salio el lunes y Seix Barral ya ha puesto en librerías la segunda edición.
Yo me he reido a cada página, y eso es algo que no me pasa demasiado, últimamente. Así que, de primera necesidad.




5 comentarios
Que sepas que me lo compré si no el primero, el segundo o el tercero de Cádiz. Que tuvieron que abrir la caja para darme mi ejemplar. Y por supuesto ya está más que leído. Ya hablaremos, pero no defrauda.
?como es el encuentro con ‘Manolito??? Impagable
Kuku, pues no fuiste el único, aunque yo aún no lo he terminado. Así que no se le ocurra a nadie contar el final. Maaatooo.
Adorada Carmen, seré discreto y educado, Eso de contar finales y dar demasiados detalles no está nada, nada, pero que nada bien. A tus pies.
No esperaba menos de tí, querido Kukulkán.