Ahora que ya estoy a punto de afincarme del todo en Miarmalandia, me acuerdo de este artículo que escribí hace poco, para la revista de los registradores de la propiedad, (le habrá llegado a Rajoy…) como cierre del número especial dedicado al último congreso, que celebraron en Cádiz. Quizá a nosotros no nos diga mucho, porque nos sabemos el rollo, pero a ellos les gustó. Y en estas que me lo encuentro en mi revisión de papeles y se me ocurre colgarlo aquí.
Como testamento :-(

Cádiz, todo lo dichoso

Lalia González-Santiago

En su exilio americano, Rafael Alberti escribe un libro a Cádiz, desde la nostalgia del trasterrado y del amor por su tierra que ya le había desgarrado de niño, cuando su padre le llevó a Madrid y le arrancó de las playas y los pinares de El Puerto. En ‘Ora Marítima’ se encuentra un verso que encierra por sí solo la primera mirada que me gusta dar al visitante: Ese que dice “… llamando siempre Cádiz a todo lo dichoso/lo luminoso que me aconteciera”.
La luz, la luminosidad especial, blanca, traslúcida, muy diferente de la amarilla mediterránea, es el impacto primero que la ciudad ofrece para impresionar a quien le visita. Tanto si entra desde San Fernando como si lo hace por el puente sobre la Bahía, puede aplicarse el párrafo inicial del Episodio Nacional que Galdós dedica al sitio napoleónico: …”recorrí el istmo que consigue que el continente no tenga la desgracia de verse separado de Cádiz”.
Esa sutileza de la luz avisa de lo que espera al visitante: no verá grandes monumentos, deslumbrantes palacios, plazas ni jardines. Todo tiene la escala de lo delicado, de lo pequeño, incluso un matiz arcano que está a la espera de ser descubierto y que puede desvelarse de pronto, al paso por un rincón mil veces visto.
Esa luz que revienta contra fachadas de piedra ostionera, sobre esquinas en forma de proa de barco, con cantoneras hechas con cañones; que refulge desde los dos mares, el Atlántico abierto y la Bahía recogida, ha visto sucederse las civilizaciones: los primitivos pobladores, quizá tartésicos, recibieron a los fenicios que crearon en las islas Gadeiras su más potente enclave del fondo del mundo conocido, Gadir. En la dominación romana, Gades llegó a ser la ciudad más importante del imperio y sus togados tuvieron palco reservado a su nombre en el Coliseo romano: ‘Gaditanorum’, se lee aún en sus piedras.
Quedan muestras de ese esplendor en la joyería fenicia y púnica del museo arqueológico, en los dos sarcófagos sidonios, en la estatuaria, pero también en la propia traza urbana. Cada vez que se abre un solar aparecen como capas las sucesivas edades. A veces la planta romana está en la misma superficie. Otras, las piedras de los grandes monumentos, como el teatro romano que fue el más grande de Hispania, se han reutilizado para formar otras edificaciones.
Este sabor a historia rezuma el barrio de El Pópulo, el primitivo enclave de la ciudad, encerrado por la muralla árabe, trufado aún de aires portuarios y rufianescos, que hace frontera con Santa María, la cuna del flamenco, de los cantes de los puertos y de los de ida y vuelta, y al otro lado con la Catedral, una joya del barroco tardío que evoluciona hacia el neoclásico y que hace de puente con las grandes seos americanas.
Pero todo esto aún no comprende Cádiz. Hay que añadirle la influencia americana. Siglos de estrecho contacto con el otro lado del Océano han dejado una impronta evidente en urbanismo, en las maderas nobles de sus fachadas o los mármoles de sus patios, en las torres miradores que servían para ver los barcos venir desde las casas de los comerciantes de Indias. También en el Carnaval, una seña de identidad en auge, está la huella de ese tiempo en el que la gente de Cádiz iba con más facilidad y frecuencia a La Habana que a Madrid.
En fin, la luz dio en Las Luces. La Ilustración y el romanticismo tuvieron aquí un momento de eclosión. La Enciclopedia entraba por el puerto, con los nuevos vientos de libertad que recorrían Europa, y aquí prendieron para dar en las Cortes españolas, refugiadas de la ocupación napoleónica, la primera Constitución liberal, en 1812, de la que este año celebramos su segundo centenario.
El nuevo ordenamiento que el texto legal contiene, su aspiración de construir un mundo nuevo, vuelve ahora a poner sobre la mesa una invitación a mirar al futuro con la misma energía por defender a la patria, modernizarla y conseguir, en fin, cumplir su más conocido aserto: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la nación”.