El Premio Príncipe de Asturias a Cruz Roja es bien merecido. La labor de la organización internacional es imprescndible, hoy. Tuve ocasión de conocerla de cerca hace años, cuando asistí a un curso de formación en Ginebra, y pensé que de volver a empezar me gustaría dedicarme a trabajar con ellos. Yo creí que iba a pasarme dos días de farra y estuve metida en un cuarto, con un grupo de colegas, primero en la Liga de Sociedades y luego en la Cruz Roja Internacional, conociendo de primera mano los programas de asistencia en caso de catástrofes naturales, políticas de salud etc. y en el otro las actuaciones en los frentes de guerra. Pasaron ante nosotros los responsables de los principales dispositivos de aquellos años, Balcanes, Grandes Lagos, Afganistán, Colombia, y fue apasionante conocer las dificultades sin cuento a las que habían de enfrentarse.

Pero además, aquí mismo, en la sede gaditana de Santa María Soledad cada día se asiste a gaditanos que precisan socorro, desde comida a asistencia diversa, a los inmigrantes, a enfermos. Cada vez reciben más peticiones y sus recursos son más cortos. También aquí Cruz Roja ofrece un balcón para asomarse a la realidad en que vivimos, la de una sociedad con grandes desigualdades y necesitada de ayuda.

Que el premio sirva para concienciarnos de ello.