Veranienses
Pensaba, paseando por la orilla, que si la infancia es la patria del hombre, y de la mujer, el verano es la infancia en estado puro, y por tanto una condición esencial del ser humano, un topónimo íntimo, del alma, que trasciende el tiempo y el lugar. Seríamos del verano, más que de Cádiz o de Constantinopla, de esa condición que está hecha de agua trasparente, que deja ver cardúmenes en los días de levante, de arenas cuajadas de conchas o surcadas de huellas de gaviotas o de pequeños animales, incluso de algunas flores silvestres, unas blancas, como lirios, que llevan por nombre ‘peos de zorra’, nada adecuado a su condición etérea como de un edelweiss de las dunas. Es instantáneo adquirir la condición de veraniense, cada año, por mucho que haya sido sepultada por nueve espesos meses de obligaciones, angustias, incertidumbres o desgracias sin cuento. Da igual, se emerge de ellos como de cien capas de mantas en el momento en el que se vuelve a pisar la playa.Reaparece el niño de agua que se fue, el adolescente ya de arena seca y mirada brillante, la joven madre de sillita, termo y sombrilla- incluso de casetas de mampostería, con ducha incorporada- y una batería de grandes momentos se dispara como dispuesta a recordar que la vida es bella.
Hay muchos miles de temas entorno a la condición de veraniense, o veraneño, o veranino, o veranés. Se atropellan: el histórico de bañadores comprados y gastados; los encuentros en la orilla con gente conocida, o re-conocidas en el atuendo de semidesnudez, los libros leídos en la orilla al caer el sol, las delicatesses: las papas fritas, los camarones-cangrejos-bocas o el almuerzo con sardinas asadas y pimientos fritos. Y los primeros baños de los bebés, los juegos con los hermanos, las excursiones juveniles en pandilla, los primeros ligues, los enormes embarazos…
Hay que contarlo para no olvidarlo. Se abre la temporada de la nostalgia veraniega.




3 comentarios
He vivido los veranos en el mar tal como tú los describes. Los mejores momentos de mi vida, mi compañero, mis hijos…aparecieron en verano.
Después de leer esta maravillosa alabanza al verano, por qué no te decides a escribir un libro.
Te lo expreso tal como lo siento y con envidia sana, ánimo.
Comparto con la misma nostalgia, aunque por suerte revivida, las sensaciones que describes. Desde la caleta a cortadura o desde sanlucar a tarifa… los hipismos de los caños y las casetas con ducha y el día entero en la playa con todos los hermanos y el hornillo de petróleo.
También viví esa época de cubiertos en las casetes y mobiliario familiar.
Isecotel, las brisas, la playita de las mujeres, cortadura y hasta la victoria…y ya de vuelta las medias jarras de barril que hoy macmaldonean.
No más recuerdos…. me voy a la playa….