Una web de viajes me avisa -ya por segunda vez- que hace mucho tiempo que no entro a consultar sus ofertas. Manda narices el control que la red permite, que los comerciales pueden ejercer sobre los usuarios. La primera ocasión me reboté y decidí no hacer caso, hasta pensé en bloquearles. No me dio el cabreo para tanto, y hoy en fin he entrado, porque en verdad mirar los catálogos de los touroperadores es como consultar el ‘figurín’ del Elle o mirar el escaparate de una pastelería: da para soñar un rato. Luego no se consume nada, pero una piensa lo feliz que sería ante un atardecer en Bali, sumergida en las piscinas naturales de Capadocia, en un balneario del Mar Muerto, perdiendo el sentido en el Bellas Artes de Praga, con una copa en mano en el Caribe…

Lo próximo que me apetece más, de lo cercano,  es Nápoles. Ya lo intenté hace un año, pero me disuadieron en la agencia porque parece que no hay seguridad suficiente. Agosto es mal mes, por el calor, pero tengo que intentarlo. La ciudad debe ser brutal, tanto en su traza urbana como en sus obras de arte y su cultura -intentaré oir in situ a la Capella della Pietá dei Turchini- como sus alrededores. Pompeya, Ischia, Capri, la costa Amalfitana, Positano… todo lo sé por referencias, claro. Para seguir a Sicilia. Antonello de Mesina, el Gatopardo, el árabe-normando…

En fin, sienta bien soñar por un rato. El deseo es lo que tiene, existe mientras no se consuma. Cuando se cumple, desaparece.