Juan Mari Rodríguez ha escrito en El Mundo andalucía un magnífico artículo sobre el disparate que ha supuesto el montaje de la obra de Camus por el CAT.

A ver si este artilugio me deja copiar:

1. ¿Tiene precio la cultura? Lo tiene. 600.000 euros en montar 27 veces “Estado de sitio”, de Albert  Camus, que como todos los lectores de Camus saben es un texto sin ninguna musculaura dramatúrgica que, por eso mismo, casi nadie se atreve a poner en escena, excepto el Centro Andaluz de Teatro, claro, que para eso aquí somos los chicos más listos del mundo. 600.000 euros para 27 funciones –y éstas, muy institucionales y con gran alarde de regalía de entradas protocolarias: a unos 22.000 eurazos la función pública-. Que corra el champaña sobre la escena. Y  ya está: Cultura no tiene previsto que “Estado de sitio”, agotado su obligatorio y endogámico circuito oficial –onanismo teatral- se vuelva a dar en otra parte. Nadie la reclama,  porque a nadie le interesa una obra que la crítica despachó como inevitablemente soporífera. Antiteatral. Ya ven, un disparate actual tomado de los felices tiempos de la “burbuja cultural”.

La culpa es de “La Pepa”, que viene gafada, la pobre. Los algoritmos institucionales son de Primaria. Imagínense un despacho, con Paulino Plata, Francisco Menacho, cuando dirigía el Bicentenario y una cohorte de cabezas de huevo, todos buscando con la linterna una percha sobre la que colgar, por decreto, la levita liberal del Bicentenario. Ya saben: el temido “hay que hacer algo con Cádiz,  lo que sea”.Y uno, tipo leído, que dice: “Camus. Estado de sitio. Viene de perlas”. Porque “Estado de sitio” transcurre en el Cádiz sitiado por las tropas napoleónicas. Ya digo: sobre el papel, que todo lo enjuaga, iba de perlas. Ah, que la pieza no tiene nada de teatral: bueno, se adapta y ya está. Que su producción se va a un ojo y no tenemos garantía de giras y de rentabilidad: bueno, ya veremos, ahora lo que urge es hacer algo en Cádiz que tenga que ver con La Pepa, lo que sea. Adelante pues con “Estado de sitio” y su facturazo final.

El mismo departamento que despilfarra un dinero que no tenemos en autoagasajarse institucionalmente entre sí, es el que asfixia a las compañías privadas de teatro o el que estrangula a las orquestas negándoles un dinero que ella quema en pirotecnias de artificio. Las que han condenado a Cádiz, con la entusiasta anuencia del Ayuntamiento, a una de las celebraciones culturales más mustias, inanes y aburridas que se recuerdan.  Lástima de Cádiz, ciudad sitiada de negligencias.