Desde que Joaquín Sabina contó que su padre, en su lecho de muerte, preguntó con toda solemnidad «¿para qué sirven las diputaciones provinciales?», el prestigio de la institución está seriamente dañado. Naturalmente, porque se lo había ganado a pulso y la anécdota, entre macabra y divertida, venía a poner en su lugar, como el cuento del rey desnudo, a unas instancias de poder con las que convivimos exactamente desde las Cortes de Cádiz y que apenas si se han aggiornado. En la de mi provincia, sin ir más lejos, se llama al edificio ‘palacio’, desde la puerta se toca un timbre cuando el presidente llega y en el pasillo del despacho oficial, todo isabelino, con cornucopias, tapices, armaduras, escudos, forman los ujieres, en perfecto estado de revista. Es de las pocas alteraciones que registran sus claustros. Una vez fui a visitar a un director de área y hubo un alboroto: era la primera persona que conseguía encontrarlo en su despacho en horas de oficina.

Pero no tiene la menor gracia: plantillas infladas, sueldos altos, horarios descansados, hasta el punto de que trabajar allí es como alcanzar el más allá, pasar a mejor vida; oposiciones semiclandestinas, jubilaciones anticipadas a cuenta de supuestas horas extra, fondos suficientes para alimentar las estructuras de los partidos, cargos de confianza como para atender a toda la parroquia, empezando por los parientes cercanos, etc.

El aprecio a las diputaciones es directamente proporcional al uso del poder en las mismas. Cuando no se tienen se quieren abolir; cuando se detentan se descubren su carácter indispensable y entonces todos se acuerdan de los pequeños pueblos, pobres, qué sería de ellos sin las diputaciones provinciales.

Al pactar su desaparición, Pedro Sánchez ha puesto el dedo en la llaga del poder orgánico socialista, especialmente en Andalucía, pero también en Extremadura y en otros feudos, donde en muchos casos coincide la responsabilidad en el PSOE y en la diputación. ¿En qué estaría pensando? Y sobre todo ¿hasta dónde va a llegar la oposición interna en estos momentos de consulta?

Las alarmas también saltan en el PP, que tiene en las instituciones provinciales el mismo coto de poder. De hecho, la situación en las dipus es el ejemplo más claro de la ‘entente cordiale’ del bipartidismo que ahora se ha roto. Por eso, aunque a los aparatos de los dos grandes les pese, la supresión de las diputaciones aparece como un signo de los tiempos y si al convertirlas en ‘consejos de alcaldes’ sólo se les cambia el nombre, como llamar Subdelegación del Gobierno al Gobierno Civil, todo habrá sido para nada. No me extrañará, porque el juego debe ser atractivo. En él han entrado los nuevos partidos, que se han apresurado a colocar a sus próximos en los despachos. Así, sin miedo a la casta.