Cada vez que se analiza la violencia contra las mujeres, el acoso sexual, el ‘sexting’ y otros ataques a muchachas, se llega a la conclusión de que es un problema de educación y que como tal hay que abordarlo; que es preciso que los chicos aprendan en las escuelas que las niñas son sus iguales y que es urgente contrarrestar desde las aulas, con tiempo, paciencia y mucha sabiduría, una herencia machista que se ancla en la noche de los tiempos y que parece que muchos traen en el ADN, porque es desolador comprobar cómo, después tantos años de lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, los jóvenes de hoy perpetúan esquemas que creíamos superados: los niños de la cultura 2.0, o por donde vaya ya esta eclosión de lo digital, siguen queriendo vírgenes y difaman a las que van con muchos chicos, miden el largo de la falda, se creen con el derecho de controlar las comunicaciones e imponen unas prácticas, en lo sexual pero no sólo en lo sexual, que ellas no quieren. Un reciente estudio revela que un 25% de las niñas de 15 años han tenido relaciones coitales. El porcentaje de chicos es mayor, como de un 35%, pero la gran diferencia es que ellas lo viven con angustia, mientras que ellos están pletóricos.
Algo va mal. Afecta a las hijas de todos, también a las hijas de los hombres, que han de colaborar, cuanto menos, para que sus criaturas no sufran estos estigmas que, sin duda, horrorizan a todo padre.
Como estamos de acuerdo en todo esto, sin duda, es preciso actuar. Una de las vías es el lenguaje, que define, crea categorías y las destruye. Empeñarse en un cansino “niños y niñas”, “alumnos y alumnas” etc puede ser un horror, lo concedo, yo misma no soy capaz de hacerlo, pero más allá de lo que dice la Real Academia, el sentido común indica que es preciso que las palabras recreen el mundo de otro modo, más amigable con las mujeres. A menudo son palabras crueles, capaces de destrozar o que al menos sutilmente, de forma perversa, colocan unas categorías mentales. No en vano, con perdón por la grosería, tenemos establecido que algo estupendo es “cojonudo” y lo pesado, aburrido e insoportable, resulta ser “un coñazo”.
Por eso me parece que antes de llevarnos las manos a la cabeza por esa instrucción de la Consejería de Educación, o al menos después de hacerlo, pensemos qué hay detrás. Es chusco decir “el profesorado” en vez de “los profesores”, bien, pero a la vez es preciso poner en femenino la mitad del mundo que lo es y, sobre todo, es urgente combatir esa persistente, injusta, insoportable, minusvaloración de las mujeres. Ya chocó decir ‘médica’ o ‘abogada’ en su momento. Ahora se ha normalizado. No se trata de adoptar un lenguaje administrativo obligatorio, se trata de tener una lengua que traslade la realidad de un mundo igualitario. Queda mucho por hacer y ya tardamos en ponernos.