Abusadas

Mchas personas con las que he comentado el temendo caso del catedrático sevillano condenado por abusos sexuales me han contado haber sufrido personalmente o conocer situaciones similares. Ya en cuanto salió la sentencia, una catedrática amiga me dio pistas de una colaboradora que había sido víctima directa de Santiago Romero, pero no llegó a denunciar, y de que tenía indicios de que eran aún muchas más.

Nos encontramos con varios focos de escándalo: La complicidad del entorno, facilitada por la endogamia de la universidad, que llegó hasta a los bedeles; la pusilánime, cuando no pasiva, actuación de la hispalense para proteger a las denunciantes, porque en aras de la presunción de inocencia el ahora condenado disfrutó de absoluta impunidad y hasta del premio de un año sabático; la desesperante lentitud de la justicia, que empleó seis años en dictar sentencia.

Pero aun más al fondo, en este asunto subyace una situación ancestral, anclada de manera firme en la civilización, que ya es hora de romper y que esperemos que la crudeza del auto ayude a desbaratar. Se trata del sometimiento de la mujer al deseo del hombre. Quizás haya llegado la hora de hablar claro, porque el lenguaje que estamos utilizando nos sirve para delimitar conceptos, pero aleja, enfría, la realidad. En la universidad, en la empresa, en la calle, hasta en las familias y en los ámbitos privados, las mujeres son, o pueden ser, abusadas. Es lo normal, lo que ha pasado siempre. Lo que sigue pasando, porque no hay que olvidar que en este país se denuncia una violación cada ocho horas. Hay en nosotras un cierto instinto de especie que nos avisa del peligro y nos pone en guardia. Solo las mujeres sabemos bien en qué consiste, lo que es vivir con esa precaución instintiva, con ese menoscabo de la libertad. Porque además las víctimas son culpabilizadas y han de demostrar que ellas no hicieron nada para sufrir el abuso.

Dicen que en la Universidad ya hay quien pone sus barbas a remojar. Que tomen nota en otros ámbitos.

Abusador cum laude

Santiago Romero Granados (Archidona, Málaga, 1949) era una autoridad en lo suyo, la enseñanza de la Educación Física a los futuros maestros, en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Sevilla. Un hombre poderoso en el endogámico estamento universitario, que se creía a salvo de todo porque manejaba los engranajes del futuro profesional de sus ayudantes y que no tenía ningún problema en acorralar a las profesoras bajo sus órdenes, meterles la mano en la entrepierna, magrearles los pechos, pasarles los genitales por la cara, aplastarlos contra sus glúteos o gritarles por los pasillos que tenía «un bulto en un huevo». «¡Tócalo, tócalo!», exigía a una de sus víctimas. «Debes follar más, estás muy delgada», «qué buena estás». Esta desagradable sucesión de gestos, y muchos más, se relatan en los hechos probados de la sentencia del Juzgado de lo Penal nº2 de Sevilla que acaba de condenarle a 7 años y 9 meses de prisión, además de una indemnización de 110.000 euros, por tres delitos continuados de abusos sexuales y otro de lesiones psicológicas contra dos profesoras auxiliares y una becaria de investigación.

Encubridores
El entorno del catedrático no se ha portado de forma precisamente ejemplar. El caso deja en evidencia a buena parte del departamento, que declaró a favor de su jefe y hasta elevó un escrito en su defensa. El juez hace hincapié en la debilidad de estos testimonios « manifiestamente parciales» y hasta abre la posibilidad de que se deriven responsabilidades administrativas sobre quienes encubrieron sus prácticas.

El final de la carrera de Santiago Romero va a ser, probablemente, la cárcel y la expulsión de su puesto, después de haber sido el primer catedrático de España de su especialidad, Ciencias de la Actividad Física y el Deporte; decano durante doce años; director de departamento; miembro del claustro de la Hispalense; Medalla de Plata de la Real Orden del Mérito Deportivo del Consejo Superior de Deportes, entrenador y seleccionador nacional de voleibol femenino. Sus publicaciones, dirección de tesis y proyectos se cuentan por cientos en su curriculum oficial. La mayoría son colectivos. Porque, entre otras cosas, la sentencia destapa que obligaba a sus subordinados a incluir su firma en todos los trabajos que realizaran.

Los abusos probados de Santiago Romero se prolongaron desde 2006 hasta 2010, cuando una de las víctimas preguntó qué le pasaba a una compañera «brillante y con una perspectiva profesional de éxito», pero que «faltaba mucho, enfermaba a menudo, se encontraba decaída, cohibida», según relatado a Canal Sur. Esta le confesó que estaba siendo acosada por el catedrático y se decidió a denunciar. A ambas se uniría una becaria de investigación, pero en la universidad se sabe que hay más mujeres abusadas que no se decidieron a hacerlo.

Santiago Romero no se cortaba: «Aquí se hace lo que yo digo, y si no haces lo que yo digo no vas a trabajar en la Universidad (de Sevilla) ni en ninguna otra de España», le amenazó a esta profesora. «Si sigues por ese camino te encontrarás una gran soledad en el futuro y muchas piedrecitas en el camino». El juez ha valorado la posición de prevalencia y dominio del catedrático, pese a que «no sólo tenía la obligación de respetar las normas, derechos y libertades» de sus subordinados, «sino incluso tenía el deber de convertirse en garante» de los mismos.

Trató de desacreditarlas
El ahora condenado no sólo se cargó la carrera profesional de las tres mujeres –una de las cuales abandonó la docencia, otra tuvo que cambiarse de Universidad y la tercera vio retrasado el acceso al grado de doctor–, sino también su vida personal. El catedrático ha dejado «una huella difícil de borrar» en sus víctimas, considera el juez. Una de ellas lo explicaba así:«Me levantaba por las mañanas llorando desesperadamente porque no quería ir a trabajar, pero tenía clases y era mi obligación. Sufría mucho, no quería verlo, no quería escucharlo y, mucho menos quería que me tocara».

Ahora las tres víctimas se encuentran en un carrusel de emociones, «aterrizando», dice Amparo Díez, la abogada de una de ellas. «Están mal, aunque de distinta manera. Mi clienta tiene el ánimo muy débil». El proceso ha durado demasiado tiempo, diez años, seis de ellos sólo para la instrucción judicial. La víctima revive continuamente los recuerdos, en especial de las declaraciones ante las instancias universitarias una vez que decidió denunciar. Fueron horas de escrutinio para ser creída, y aún así sólo logró que le asignaran un despacho diferente, en el edificio de la Facultad de Enfermería, con la consiguiente dificultad para desarrollar su trabajo, y un horario distinto al de su jefe.

Romero desplegó todo su poder para desacreditarlas. Hasta se propagó el rumor, atribuido a su círculo, de que una de las denunciantes tenía sida. El Servicio de Prevención de Riesgos Laborales de la US, con una «diligencia extraordinaria», según la catedrática Adela Muñoz, le obligó a hacerse análisis para demostrar lo contrario.

El escándalo ha sido mayúsculo cuando se ha comprobado que Romero Granados seguía dando clases hasta el mismo día de publicarse la sentencia. Aunque fue la propia Universidad la que llevó el caso a la Fiscalía, al concluir el expediente que se trataba de delitos de gravedad Romero siguió como si nada, salvo por la concesión de un año sabático, que pasó en Sevilla.Según algunas fuentes, continuó paseándose por donde quiso, sin hacer caso de las restricciones impuestas respecto a acercarse a sus víctimas. A día de hoy, sigue sin pedir perdón.

“Muchísimo tiempo”

“Muchísimo tiempo”

Cada año, desde hace 16, en la mañana de Reyes acudimos a mediodía convocados por el recuerdo de alguien que nos dejó, y aunque pasen los días, y la vida siga, con sus alegrías y con sus afanes, con más palos y disgustos, según se acerca el momento en que ocurrió el fatal accidente el suelo se tambalea igual que entonces. O más, porque suma y arrastra otros desconsuelos, sobre todo el de constatar lo irremediable.
Esta historia personal, con pequeñas variaciones, la puede suscribir mucha gente. No es nada extraordinario, no es una ensoñación futurista tipo ‘Black Mirror’, sino que forma parte de la experiencia humana más general. Por eso, en medio del ajetreo de estos días de compras y de lejanía de la intensa actualidad, el despectivo comentario de Mariano Rajoy sobre el dictamen del Consejo de Estado destapando las vergüenzas del avión Yak 42, en el que murieron 62 militares, cuando dijo “de eso hace muchísimo tiempo” mientras paseaba por su pueblo, se abre paso y resuena con un eco de especial repugnancia.
Es probable, o más que seguro, que esto no tenga coste político para el Partido Popular. Hemos visto grandes escándalos de corrupción que han mermado apenas su apoyo electoral. En clave menor, liamos una controversia parda con las palabras de Cristina Cifuentes sobre/contra los andaluces, y que los de Madrid nos pagan la sanidad y la educación, y el PP andaluz se ríe de aquello, porque tiene una encuesta que dice que la mayoría de la gente no se había enterado de qué había pasado.
Pero está la decencia. ¿O la descartamos del todo como valor político y pasamos a otra cosa? En realidad lo que le queda de arraigo es poco, pero si no la reclamamos es cuando estaremos del todo perdidos. El Gobierno actúa en nombre de los que le eligen y de los que no, es decir de todo un país. La falta de empatía, la soberbia, el desprecio, hacia un grupo humano, de servidores públicos además, que dejaron sus vidas en un campo de Turquía víctimas de una terrible secuencia de irregularidades, más la impresentable gestión de la crisis, con la confusión de los cuerpos, la sospecha de artefacto jurídico con la ‘mano oscura’ de Federico Trillo, entonces responsable de Defensa, las deudas del PP y de Rajoy con éste por su supuesta posesión de secretos de las tramas de Génova, la resistencia siquiera a cesarle y envolver su salida en un relevo de embajadores ya previsto, componen un escándalo nada menor que el presidente del Gobierno, a su más puro estilo, ha querido despachar con ese “hace muchísimo tiempo”, como cuando “la persona de la que usted me habla” y tantas otras frases célebres.
Hasta ahora, a la vista está, le ha dado resultado. Pero nadie podrá defender a partir de este momento que ese político correoso, al que jalean el sentido del humor sus fieles con grandes aspavientos, tiene corazón.

Y otro más

este es anterior. Dedicado a Paco Leal (como es obvio)
Nada más lejos de mi intención que hacer la pelota, pero me encantó que este programa trajera el otro día a la entrevista a Paco Leal. No es fácil detectar talento cada día,y menos aún hacerlo entre quienes están voluntariamente fuera de foco, pero en este caso se logró y con creces.
Paco Leal es muchas cosas: chirigotero callejero con muchos trienios y demasiados años de abandono, promotor del ‘Carnaval de los jartibles’, el Carnaval chiquito, que es la almendra de la fiesta; hostelero en retirada, pero sobre todo un hombre culto, un escritor sensible, un producto depurado del mejor Cádiz, esa ciudad a la vez popular e ilustrada, y ahora que ha adoptado el sombrero de panamá parece aún más un indiano que acabara de salir de su gabinete de carey, abanicos, tresillos isabelinos y cornucopias, rumbo a tomar un café, quizá a La Habana. Porque todo el mundo sabe que los gaditanos han ido siempre antes a merendar a Cuba que a Madrid, o eso decía Pericón.
A Paco Leal habría que clonarlo, pero entre tanto es preciso que aprovechar su cercanía, su saber, su sentido de humor lúcido e inteligente, y si es posible sus bizcochos caseros o sus guisos según la receta materna.
Ahora que me doy cuenta, hace demasiado tiempo que no lo veo. Pero eso no impide que le siga adorando. El tiempo ha pasado muy bien por él, y eso también requiere mucho arte.

Un artículo de ‘Al liquindoli’

(emitido en diciembre en Canal Sur Radio)
Una noche más, hemos mirado la vida con ojos de Carnaval. Entiendo que es una buena práctica, una especie de línea de pensamiento que la filosofía debería profundizar.
No se asusten. Necesitamos cada vez más pensar, aprender a pensar y eso es la filosofía. Noto que ahora resurge un interés por profundizar en la realidad, por ir más allá de lo evidente, como reacción a esta vida que llevamos, enloquecidos por la rapidez de las comunicaciones, la vida ficticia de relaciones en las redes sociales, por la realidad paralela de Internet. Queremos, necesitamos, volver a casa. A una casa que es sobre todo un lugar de sosiego, de afectos y de curación, que es de lo que habla un libro imprescindible, La resistencia íntima, de Josep María Esquirol.
Pensar con la mirada del Carnaval, me atrevo a colegir, es aprender a utilizar una herramienta imprescindible del vivir, que es el humor, y es entrenar el optimismo, una disciplina que precisa ejercitarse, que no viene de serie. Y es enfocar las cosas de una manera serena. “Un paso atrás y una sonrisa”, que decía un gran filósofo, Mariano Peñalver, que fue rector de la Universidad de cádiz y presidente del jurado del concurso.
Ya ven que hay un hilo nada frágil entre el Carnaval y las ideas. Sigamos.