Mchas personas con las que he comentado el temendo caso del catedrático sevillano condenado por abusos sexuales me han contado haber sufrido personalmente o conocer situaciones similares. Ya en cuanto salió la sentencia, una catedrática amiga me dio pistas de una colaboradora que había sido víctima directa de Santiago Romero, pero no llegó a denunciar, y de que tenía indicios de que eran aún muchas más.

Nos encontramos con varios focos de escándalo: La complicidad del entorno, facilitada por la endogamia de la universidad, que llegó hasta a los bedeles; la pusilánime, cuando no pasiva, actuación de la hispalense para proteger a las denunciantes, porque en aras de la presunción de inocencia el ahora condenado disfrutó de absoluta impunidad y hasta del premio de un año sabático; la desesperante lentitud de la justicia, que empleó seis años en dictar sentencia.

Pero aun más al fondo, en este asunto subyace una situación ancestral, anclada de manera firme en la civilización, que ya es hora de romper y que esperemos que la crudeza del auto ayude a desbaratar. Se trata del sometimiento de la mujer al deseo del hombre. Quizás haya llegado la hora de hablar claro, porque el lenguaje que estamos utilizando nos sirve para delimitar conceptos, pero aleja, enfría, la realidad. En la universidad, en la empresa, en la calle, hasta en las familias y en los ámbitos privados, las mujeres son, o pueden ser, abusadas. Es lo normal, lo que ha pasado siempre. Lo que sigue pasando, porque no hay que olvidar que en este país se denuncia una violación cada ocho horas. Hay en nosotras un cierto instinto de especie que nos avisa del peligro y nos pone en guardia. Solo las mujeres sabemos bien en qué consiste, lo que es vivir con esa precaución instintiva, con ese menoscabo de la libertad. Porque además las víctimas son culpabilizadas y han de demostrar que ellas no hicieron nada para sufrir el abuso.

Dicen que en la Universidad ya hay quien pone sus barbas a remojar. Que tomen nota en otros ámbitos.