La dura y drástica derrota de Susana Díaz en las primarias socialistas ha puesto de manifiesto un error de cálculo radical sobre todos los demás: el de que contar con los votos de Andalucía sería suficiente. Pero no ha sido así y, además, los ‘pedristas’ han arañado un porcentaje altísimo, cuando los estrategas de la presidenta nunca pensaron ni por asomo que superarían el 30%. Este dato, unido a la presencia de ‘patxistas’, transmutación del ‘pizarrismo’ y aliados de los primeros contra la baronesa andaluza, llegado el caso, traza un panorama desolador: el 36% del PSOE andaluz no está con su secretaria general. A ello hay que añadir el porcentaje de abstención, del 18% del censo de militantes con las cuotas al día.

La dirigente andaluza, que tanto presumió en todos los foros de haber «cosido» el partido que encontró «destrozado» durante el mandato de José Antonio Griñán, cuando por cierto era secretaria de organización y consejera, ve así desmontado uno de sus grandes argumentos. Griñán nunca llegó a tener tanto rechazo. Pero la dirigente socialista ha sabido leer los datos, aunque sea a tan alto precio. Su larguísima gira orgánica, en la que ha estado demasiado tiempo, directa e indirectamente, le ha pasado factura, por mucho que quisiera multiplicar su agenda con fotos diarias en colegios, hospitales, residencias, asilos. Su distancia de la Comunidad, por ejemplo el rechazo a conceder entrevistas a medios andaluces, no ha pasado desapercibida.

Hay signos de alarma (orgánica) en demasiadas provincias. Los sectores críticos se han rearmado, antiguas heridas están reabiertas, y de ahí también el movimiento de anticipar el congreso regional.

Pero sobre todo vuelve al primer plano una preocupación que ya estaba en los ámbitos socialistas cuando comenzó toda esta aventura: si Susana Díaz no estaba poniendo en riesgo el poder en la Junta, que es su principal y último bastión de poder. No se puede dejar de tener en cuenta la curva descendente de votos del PSOE-A, imparable, y la nueva fragmentación del Parlamento, donde el PP-A ya no necesita mayoría absoluta, porque puede sumar con Ciudadanos.

De ahí el repliegue, por más que pueda tener también razones de otro orden, incluida la aceptación de la derrota y hasta la lealtad hacia las siglas y al ganador. Susana Díaz ya no es aquella que gana todo, ese repetido «me gusta ganar» ha sido un hándicap en fin, y hasta ha llevado al PSOE andaluz a jugar un papel nunca visto, de parte y no de equilibrio interno, como le reprochan, ‘sotto voce’, los históricos. Su reto ahora es recuperar el tiempo perdido. Tarea no le va a faltar. Empieza la batalla de la financiación autonómica y el debate territorial, donde Andalucía tiene todas las papeletas para perder. La Comunidad está cada vez más alejada de la media en los estándares de bienestar. Aparte, todos agradeceremos que dejen de matarse.