En dos ocasiones recientes, y desde posiciones diametralmente opuestas, he oído hablar estos días de la necesidad de ‘dar un golpe en la mesa’ o ‘plantarse’ frente al Gobierno central para que corrija el maltrato a Andalucía en los Presupuestos Generales del Estado. El recorte de la inversión pública, que es ni más ni menos que del 36,6%, mientras se incrementa en las demás regiones, va a perjudicar a los ciudadanos de esta comunidad. Lo dice la CEA y lo dice CC OO, es decir, que no es un tema sectario, aunque sí lo parezca el hecho de que el Gobierno de todo el país relegue en sus cuentas a la comunidad más grande por el hecho de que no vota al partido que lo sustenta. Los expertos detectan que en este preciso momento en que empieza a recuperarse la economía, el gasto de la Administración es un acicate y un impulso para el sector privado. Sin él, creceremos menos, seguiremos en la cola, seremos más pobres que el resto de los españoles.
Sin embargo, el Gobierno autonómico no llega más que a usar el arma del enfrentamiento con el PP andaluz, para intentar ponerle entre la espada y la pared de la lealtad a los andaluces o a su jefe supremo. Pero esto no resulta. Se queda en un rifirrafe cansino que a nadie interesa ya.
Si por algo urge revitalizar la acción política del Gobierno de Susana Díaz ahora mismo no es por el golpe moral que la presidenta ha sufrido en su carrera orgánica hacia el estrellato socialista, sino por conseguir que llegue el dinero que corresponde a los andaluces. No es una cuestión de marketing, de lavar la cara de la derrota, de dar la impresión, sobre todo a los pedristas, de que el fortín socialista andaluz resiste y es intocable para que el PSOE vuelva a recuperarse. El PSOE andaluz, a pesar de su llamativo silencio sobre los pactos con PNV y los partidos canarios, no debe dar por perdida la batalla de la inversión pública, en la que no hace más que recibir golpes. Ni siquiera Sánchez Maldonado ha arañado un euro del plan especial de empleo que pidió en Madrid.
Sin embargo, el debate está situado ahora en si Susana Díaz va a hacer crisis de gobierno y cuándo, si va a caer este o aquel consejero. Los rumores están disparados y no hacen más que generar inestabilidad en unas áreas que llevan ya demasiado tiempo en precario, pendientes de los vaivenes de su presidenta.
Porque, en fin, un gobierno no son tanto sus miembros como quien lo dirige. Para la presidenta son todos los honores y todas las recriminaciones. De ella depende que la política andaluza recupere el pulso. Ya no debe tardar más.