La vida misma

El auténtico ecosistema del machismo, como la gota de agua pútrida que en el microscopio muestra gérmenes, bacterias y otros malos bichos, es el espacio doméstico. Ahí es donde menos se ha avanzado en la igualdad, por mucho que vengan nuevas generaciones con otros aires. Son cuestiones menores, dirán, privadas, frente a las brechas públicas, como la diferencia salarial, las dificultades de acceso laboral, el menosprecio o las tiranías estéticas. Pero sin la igualdad no conquista el espacio de la casa, nada se habrá conseguido. Lo doméstico, decía la filósofa Victoria Sendón, es placentero siempre que se le quite ‘el aguijón de la sumisión”’.

No es solo una cuestión de conciliación, como si la vida laboral y la personal fueran distintas, sino de un equitativo reparto de tareas. Y de eso, ay, no tenemos. Como mucho, ellos piensan en ‘ayudar’. Es decir, que es cosa tuya y yo, que soy estupendo, un espíritu puro que ni ensucia ni come, te echo una mano.

Ese cuerpo a cuerpo doméstico es una batalla terrible, agotadora. Por ejemplo, por parafrasear a Martirio, quién habrá inventado el maldito agosto. Llegamos a las vacaciones deseando descansar y nos encontramos con que todos lo hacen, menos nosotras, que debemos seguir el ritmo desayuno-comida-cena-casa-lavadora etc etc, mientras los demás disfrutan.

Borrense por un día, y verán: los rollos de papel higiénico vacíos se acumulan en el baño, y no miren las marcas alrededor de la taza. En el salón todos esperan acomodados que les planten por delante lo que toque. La pregunta mañanera, «qué vamos a comer hoy», tiene un único destinatario.

Pero si hay un test infalible del morro familiar, ese es el lavaplatos. Si está vacío, los platos se quedan fuera. «¿Es que te da miedo abrirlo? Te juro que no muerde». «Espérate y verás que entran solos- me dijo con sorna un hijo- Yo los dejo ahí todas las noches y por la mañana han desaparecido». Si está lleno, todos harán como que no lo han mirado para evitar la plasta de tener que llevar cada cosa a su sitio.

El machismo, queridos, no es solo una cosa del ‘sistema’. Ni solo de los hombres, los compañeros, los jefes. Está en el aire. Como el amor, pero al revés. Pienso incluso en mi misma, en el día que descubrí que la ropa no volvía a mi armario por arte de magia cuando la echaba a lavar. Todo lo que me arrepienta es poco.

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Discretas vacaciones

La calma política del verano tiene pinta de ser como la meteorológica. Preludio de tormenta. Izquierda Unida tiene que decidir su futuro, Podemos anda enfurruñado con sus mayores de Madrid y con el mundo, Cs ha de cerrar el acuerdo para apoyar los presupuestos sin gran coste, sobre todo interno, el PP debe terminar de apagar fuegos y enfrentarse con la renovación, ahora parece que sí, de grandes totems de sus alcaldías andaluzas, que en noviembre quiere tener decididos, mientras en el PSOE se mueven subterráneas las aguas de las agrupaciones provinciales, cuyos congresos darán la foto fija del poder de ambos en el potente partido andaluz e influirán en las difíciles relaciones del secretario general y la ‘baronesa’ andaluza.

Pedro Sánchez ha combinado sus vacaciones almerienses con unos días en la costa de Cádiz, pero no se ha dejado ver. Aunque dudaba si acudir por temor al levante, sus ‘hombres’ en la provincia, sobre todo el exconsejero Rafael Román y su hermano José María, alcalde de Chiclana, le convencieron y ha pasado una semana en un hotel de esta población, además de aprovechar para verse con Anne Hidalgo, la alcaldesa de París, cuyo apoyo a Sánchez en un mitin al comienzo de la campaña de las primarias sentó como un tiro en las filas de Susana Díaz. Todo, el ocio de Sánchez y su familia, el encuentro con la dirigente socialista francesa nacida en San Fernando y ‘gran esperanza blanca’ del PSF, se ha llevado con un perfil bajo-bajísimo. No ha habido ningún contacto con el ‘stablishment’ del PSOE-A, ni siquiera con el vicepresidente de la Junta, Jiménez Barrios, que tiene en el mismo Chiclana su feudo. En otros veranos las fotos de Sánchez con los hermanos Román levantaron ampollas en la sede regional socialista, de modo que esta discreción se puede considerar un ejercicio de prudencia por parte de Sánchez y los suyos, un claro interés por no incomodar una vez saldadas cuentas en el congreso federal. Tiene además un cierto punto de altanería.

Pero nadie duda de que los ‘sanchistas’ se están organizando en cada provincia para medirse con la oficialidad e intentar socavar el poder de Susana Díaz. Ya hay muchas pistas de las batallas, aunque queda tiempo hasta medidados de octubre para nuevos movimientos o alianzas. Sí se puede asegurar que habrá renovación en varias provincias, en especial por las salidas de Teresa Jiménez en Granada y Miguel Angel Heredia en Málaga, y que en otras se abre la incertidumbre. Por ejemplo en Cádiz, núcleo fuertes del ‘pedrismo’, donde no se ve claro el candidato alternativo, a pesar de tanta disidencia. Igual la discreción de Sánchez tenga que ver con la desigual correlación de fuerzas que vaya a surgir de la tanda de cónclaves.

La ausencia de Susana Díaz

Como en la vida misma, el dolor une, crea lazos, hace que se olviden diferencias y centra el foco en lo fundamental, que es seguir a salvo. Respirar, andar, no tener daños, que no los sufran nuestros seres queridos. A la vez, pone de manifiesto que muchas barreras son más mentales o artificiales que reales y físicas, porque se caen en cuanto se encaran. El ataque terrorista de Barcelona, de qué otra cosa puedo escribir hoy, es un impacto que no se puede soslayar y que demuestra hasta qué punto los catalanes, los andaluces y los demás pueblos españoles laten juntos y comparten raices, sentimientos, aspiraciones. Cataluña, como la mayor parte del país, forma parte de Al Andalus en el imaginario del Califato, del Daesh, de la organización criminal que se propone entre sus objetivos principales volver a conquistar el territorio que los árabes ocuparon hasta 1492.

El dolor colectivo se canaliza a través de las instituciones y sus representantes. Por eso extrañó la ausencia de la presidenta de la Junta, Susana Díaz, de los minutos de silencio en los ayuntamientos de las capitales. La presencia del Gobierno autonómico fue de la consejera de Hacienda, María Jesús Montero, que estuvo en la Plaza Nueva hispalense porque le tocaba en esos días agenda institucional. Díaz ultimaba el jueves vacaciones, quizás las más tranquilas y necesarias de los últimos años, y se limitó a tuitear su pésame mientras emprendía el viaje de vuelta. No llegó hasta el viernes por la noche a Sevilla, si bien se mantuvo en contacto, desde el alojamiento rural de una isla española donde descansaba, con el Gobierno de la nación, mientras el vicepresidente Jiménez Barrios lo hacía a nivel regional con el delegado del Gobierno, Antonio Sanz. El PP-A no ha hecho causa de esta ausencia de modo formal, salvo por un tuit de Toni Martín, vicesecretario y parte de la ‘mesa camilla’ de Juanma Moreno, que la Junta no quiso replicar. En el fondo, que la echen de menos le hace un favor.

Pocas risas

Donde quiera que mires, la perspectiva de género es desoladora. No ofrece muchas risas, no. Lo siento, pero no hay forma. Sin ir más lejos, acabamos de saber que en la inmensa mayoría de las autonomías las chicas han sacado mejores notas que los chicos en selectividad. De nuevo. Ellas son en general más serias, cumplidoras, rigurosas y trabajadoras. Muchachas hermosas, con toda la vida por delante, con inteligencia y capacidad, constantes y valientes, deseosas de salir al mundo y a comerse su parte. Pero luego eso no se corresponderá con las oportunidades laborales ni de progreso profesional. Ahora, como hace unas cuantas décadas, tendrán que trabajar el doble para ser consideradas la mitad, deberán soportar obstáculos irracionales, incluso burdos. «Lalia, a ver si vienes con falda, que mis redactores quieren verte las piernas», me dijo un redactor-jefe, en mis primera prácticas, allá en el pleistoceno, y no se me olvida. Tenía 17 años y lo último que podía pensar es que la calidad de mis extremidades inferiores pudiera ser una cualidad periodística. La impunidad en que se ha movido el machismo en el ámbito laboral (entre otros) ha sido y es increíble. Aún hoy hay una empresa de bandera que ha sido sorprendida in fraganti haciendo ¡test de embarazo! a las candidatas a entrar en plantilla. Que era por la propia seguridad de las trabajadoras, dijeron. No fastidien y encima nos tomen por tont@s.

Ya cansa tanto como indigna. Queremos pensar que hemos avanzado. Si se mira la Edad Media, o la situación de la Arabia Saudí contemporánea, donde te pueden decapitar en plena calle, quizás, pero hay indicios peligrosos de retroceso. Si el populismo arrasa es porque se han dejado sueltos los demonios que eran contenidos por la civilización, por la educación o la tan denostada corrección politica, que son las normas que hemos de darnos para vivir en común con respeto.

Para mí ha sido un alucinante descubrimiento el machismo salvaje, delictivo, destapado en los sanfermines. Si el año pasado la llamada «manada» cometía una terrible violación grupal, y la filmaba y subia a las redes sociales, este nos llega como una especie de reacción solidaria, a base de chapas o camisetas con dibujos y mensajes insultantes hacia las mujeres. ¿De qué van estos tíos? ¿cuál es su diversión? ¿Cómo les funciona la cabeza? Ellos son las verdaderas bestias, los que deberían correr por Estafeta y morir, eso sí, sin honor, en la plaza publica.

Granjas de mujeres

No he visto debate más tramposo que el de la maternidad subrogada, es decir los vientres de alquiler. Se nos presenta en papel cuché, o en la cuenta de Instagram, y con el brillo de la fama. Chicos guapos que atraen multitudes, cuando no arrastran un prestigio en la cultura de masas por sus destrezas en la música o el cine, dan a conocer que han sido padres, de pronto. Posan sonrientes, incluso, con los bebés a los que han ido a recoger a algún lugar secreto, pero, se supone, barnizado y luminoso. Los lectores, entregados de antemano a admirar cuanto haga el muchacho en cuestión, sea un gol o un gorgorito, piensan que mira qué monos y qué ideal, quién pudiera…

La primera perversión es esta: presentar como un objeto de alto standing, aspiracional, digamos, a los hijos concebidos en vientres de alquiler. Convertir en vanguardia una forma de hacer familia que carece de los vínculos naturales y que, sobre todo, prescinde de las mujeres y las convierte sólo en recipientes, en ollas donde cocer un producto para satisfacer el deseo del varón. Ellas, se viene a decir, nos sobran. Así no darán problemas luego a la hora de que reclamen sus derechos y, lo que es más importante, su cuota del patrimonio. También desprecia el proceso del embarazo, que no es un resfriado ni un pequeño incidente, sino un duro trance fisiológico que, aunque natural, pasa múltiples facturas a la salud de las mujeres.

Esta ‘idealizacion cuché’ encubre una profunda y nueva dominación sobre las mujeres, más criminal aún, de una crueldad primitiva. Termina, y lo estamos viendo ya, en la organización claramente empresarial de ‘granjas de mujeres’, de mujeres pobres por supuesto, que son inseminadas con espermatozoides de sementales seleccionados, para que gesten hijos que enviar luego convenientemente a destino.

No me creo el altruismo que se alega para ‘blanquear’ el negocio. En Tailandia e India se calculó hace años que mueve 1.500 millones de euros.

Hay además distintos precios y catálogos, a gusto del consumidor y de sus bolsillos, y se pueden adquirir bebés de entre doscientos mil dólares hasta siete mil la unidad.

Se ha visto a las gestantes en fotos de reportajes. Delgadísimas, tristes, resignadas a ofrecer sus úteros para poder dar de comer a sus familias. Mirándolas no se puede dejar de pensar en que estamos ante una nueva forma de trata.

el lujo y la culpa

Por fin, una idea genial. Se trata, atención, de regalarnos algún artículo de lujo cada vez que sintamos culpa. A más culpa, más caro. La terapia no es mía. Su autora es una feminista de las que hay que seguir, Soledad Murillo, ‘madre’ de la Ley de Igualdad, y me ha parecido deslumbrante. ¿Será por eso que el segmento del ‘alto standing’ ha sido el único que ha crecido de manera exponencial durante la crisis? Naturalmente que no, pero porque las mujeres no somos de autocuidarnos lo suficiente. De hacerlo, el imperio LVMH se iba a enterar.

Pero ya va siendo hora. No digo que la felicidad esté en un ‘vuitton’, o lo que quiera que sea ahora el ‘must’ más codiciado, que ni lo sé ni me importa. Se trata de paliar los desoladores efectos de la culpabilidad que nos acompaña a las mujeres a lo largo de toda la vida. Porque, queridas mías, como ‘senior’ de esta serie de artículos, os digo con toda crudeza que ese sentimiento no desaparece nunca.

En realidad toda la construcción cultural que nos acompaña está hecha para señalarnos con el dedo por no cumplir a la perfección donde quiera que desempeñemos, en el trabajo, en la familia, en la vida en general. Por no llegar radiantes a casa tras una agotadora jornada, por no atender con paciencia solícita a niños sonrientes, por no tener ganas de hacer la cena, por no bailar en el supermercado ni conseguir, que es lo peor, mantener la cintura fina y el vientre plano. No es tanto la cultura judeocristiana, como siempre se ha dicho porque otros están hasta peor, sino la publicidad, el cine, los estándares de vida artificial que llevaron a nuestra querida Betty Friedan a diagnosticar el ‘malestar sin nombre’ del que aún hoy no escapan las mujeres en algún momento de sus historias. No puedo dejar de recordar esa viñeta de Maitena: Un periodista pregunta a una chica: «¿Qué siente una mujer profesional de hoy que tiene éxito,poder responsabilidades y que además…¡es madre de tres hijos!?» «Culpa», responde concisa.

Me compraría un ‘hummer’ tamaño gigante si tuviera que corresponder a toda la que arrastro, y aun no sería suficiente. Como no lo haré, básicamente por cuestión de pasta, sí podría ‘virtualizarlo’, para arramplar con todo: adiós a los estándares. Somos imperfectas. ¿Y qué? Como ellos, que ni se lo plantean. Como todo.

Asco

Me gustaría saber qué les pasa por la cabeza a esos hombres que se pasean por el centro de la ciudad, o por cualquier parte, con una mujer esposada, y enana, aunque la palabra sea tan dura. ¿Qué diversión le ven? Porque de eso se trata,de pasarlo bien. Si lo logran, de verdad y no por pose, creo que necesitan ayuda.

Se trata, como sabrán, de una evolucionada forma de despedida de soltero, esa casposa costumbre que ha pasado de ser una noche de juerga a extenderse en un viaje de varios días y que ha derivado en epidemia de la que huyen los ayuntamientos. Pues las tales despedidas, que recuerdan tiempos peores, en los que el hombre se veía obligado a una última ‘cana al aire’ antes de someterse a la fidelidad del matrimonio,o bien una excusa más para darse un gusto, alcanzan con esto una punta de machismo y de brutalidad ya insoportables. Me dirán que las mujeres también se han subido al carro de estas fiestas y contratan ‘boys’, a veces también enanos,y se desmadran, pero eso no lo hace mejor, sino al contrario. Es curioso comprobar, una vez más, cómo los estándares masculinos son asumidos por las mujeres, a poco que se descuiden, como si fueran logros, por ese aire de poder que impregna todo el mundo patriarcal.

El caso de esta ‘antistripper’ de menos de un metro y medio de altura, que ha contado de manera impresionante en estas mismas páginas el periodista Alberto Gómez, repugna por muchos motivos, además del rechazo a las ‘despedidas’ en sí. La imagen de la mujer esposada, como una esclava o una carga para el hombre, la mujer sometida, es un icono del machismo más ancestral. Parece que al novio y sus compinches les traiciona el subconsciente. Solo por eso la comitiva de machitos debería ser rechazada. Pero al unirle la imagen de una mujer que rompe los cánones de belleza es de una crueldad insólita que le ofende a ella y nos ofende a todas que, en el fondo, es lo que también se pretende.

Pero aún más, la víctima no se reconoce como tal y ni siquiera detecta los abusos sexuales a los que es sometida y minimiza las agresiones que ha sufrido. Qué triste, qué indigno.

No solo hace falta el feminismo. Es preciso que los hombres se sumen a la lucha, porque muchos, lo sé, comparten el mismo asco.

El cuerpo como bandera

Salté de sorpresa la primera vez que vi la protesta de las Femen. Pensé qué potente, a quién se le habrá ocurrido. Mujeres con el torso desnudo, dicen las crónicas, o sea con las tetas al aire, sobre las que realizan pintadas, y coronadas con flores encima la cabeza, como unas vírgenes antiguas o como los trajes típicos de muchas zonas de la Mitteleuropa. Fue iniciativa, por lo que encuentro en sangoogle, de una mujer ucraniana, economista, en Kiev en 2008, y usa como símbolo la letra F del alfabeto cirílico, parecida a la ‘fi’ griega, porque puede parecer dos pechos. Luego supe de sus actividades aquí y allá, por medio mundo, de sus causas y sus altercados. Se presenta con un radicalismo que forma parte de su ideario, lo que llaman ‘sextremismo’, y que empieza por el uso del propio cuerpo como elemento de protesta y, sobre todo, de las tetas, el símbolo por excelencia de lo femenino.

Sólo con el gesto de descubrir sus pechos las activistas arrojan ante la cara del machismo su denuncia suprema. «Si me quieres mirar las tetas tendrás que leer mis mensajes», han dicho. A los hombres la visión les perturba de una manera arcana, por mucho que el ‘topless’ se haya impuesto en los veranos, y de ahí la represión que se desata ante cada uno de los ‘saltos’ o ‘performances’.

El desnudo reclama, de paso, el derecho de la mujer a su propio cuerpo, que ha sido y es utilizado, violentado, privatizado por los hombres, por esta civilización patriarcal. Espanta que ahora países como Túnez o Jordania presenten como un logro derogar la ley por la que un violador anula su condena si se casa con la víctima que, así, se veía sometida hasta el infinito a una vejación constante. Hasta ahora, pues, era una situación regularizada, ‘de derecho’. Aun lo sigue siendo en muchos sitios. Bien pensado, aunque personalmente no comparta mucha de la radicalidad de estas activistas, igual resulta que hay razones de sobra para ello.

La osadía de las Femen, «comando del feminismo, su batallón de ataque», como se definen, quiere ser también una denuncia de la pornografía, de la prostitución, y sobre todo una proclama de la libertad de las mujeres que, ya de paso, podemos aprender de ellas a librarnos de muchas ataduras, en especial las de la estética. Como reclamaba una admirada mujer, en la dura postguerra, cuando ensayaba ‘topless’ en las playas desiertas de mi pueblo, «¡que disfruten las tetas, que siempre están sujetas!».