Sexo y lenguaje

En el principio, fue el verbo. Las palabras crean la realidad. Lo que no se nombra no existe. Por eso resulta tan interesante todo lo que concierne a la filosofía del lenguaje, la manera en que muchas veces las palabras dicen lo contrario de lo que significan, o se usan para incomunicar, o trasladan una concepción del mundo parcial e interesada, una discriminación. Cuenta Steiner que en el norte de Siberia y en el Sudeste asiático hay un lenguaje para las mujeres y otro para los hombres. Las mujeres en esas zonas no pueden usar ciertas formas sintácticas pero deben conocer el lenguaje masculino para enseñárselo a sus hijos. Aunque en realidad lo que al sabio humanista le interesa es el eros del lenguaje, cómo se ama en idiomas distintos, el tema es sugerente en sí, por cuanto marca los extremos de una fractura que está en el fondo del fondo del debate de género. Durante siglos, las mujeres no han participado de las discusiones públicas, fueran políticas o teológicas, y hasta no hace mucho abandonaban el salón, en Oxford y en Cambridge, lo cuenta el propio Steiner, cuando terminaba la cena, para que ellos conversaran sobre las grandes cuestiones. Hoy no es raro que en las reuniones de grupo todas las chicas se sienten en un extremo y sus parejas, en el contrario.
En este contexto, las mujeres hemos hablado entre nosotras y creado como un “jardín secreto”, un marco de referencias propio. La sororidad, sin duda, tiene razones profundas. Ellos miran a veces, cuando se interesan, como tras un cristal. Y concluye el autor de ‘Lenguaje y silencio’: “En el fondo nos comprendemos muy poco, todas las bromas idiotas y vulgares tienen una base semiológica”. Agrega su convicción de que “en muchos hombres se da un resentimiento profundo ante el lenguaje femenino que tiene cada vez más pujanza. El ascenso de las mujeres tal vez traiga un discurso político y sociológico totalmente nuevo. ¡Será una gran aventura!” (‘Un largo sábado’, conversaciones con Laure Adler, Ed. Siruela)
Estaba inquieta con esto cuando me llega noticia de un cierto euskera, en vías de extinción, el ‘euskera hika’, donde las palabras varían según el sexo de quien las pronuncia y el de a quien se refiere. Quien me lo cuenta piensa usarlo para crear un lazo único con su futura hija. Me ratifico en la idea de que la relación entre los padres y las hijas es el paraíso perdido.
Más complejidad, pues, a la cuestión central. Si las palabras nos crean y su uso es diferente en función del género, si las mujeres comparten un territorio propio, diferente del masculino y si éste es el que se impone ¿cómo revertir la desigualdad? ¿cómo hacer para que el mundo se cuente también en función de la mirada del 50% hasta ahora relegado? ¿quién traduce?

Que os quisimos tanto

Hay un ambiente dramático. Se evoca a Dickens y su ‘Historia de dos ciudades, «era el peor de los tiempos, era el mejor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también de la locura», por los hechos que, como un cataclismo, impactan en las vidas de la gente inocente. Pero es sobre todo la época del desengaño. Creíamos que Estados Unidos era la democracia más avanzada y eligieron presidente a Trump. Que los ingleses eran el patrón moral, la modernidad y el pragmatismo y aprobaron bunkerizarse. Y, en fin, Cataluña encarnaba el sueño cosmopolita, avanzado y culto y ha terminado por ser el redil de unos políticos casposos, obcecados, pueblerinos. Se ve la foto de Puigdemont encogido en su asiento y se piensa, por ejemplo, en Teresa Gimpera, la modelo catalana que significó durante los años duros del franquismo que otro mundo era posible. ¿Qué fue de la ‘gauche divine’? ¿de las noches míticas de farra en Bocaccio que entreveíamos en las obras de aquellos intelectuales? Gil de Biedma, los Moix, Goytisolo, Tusquets. Qué fue de los ‘nueve novísimos’, de todos aquellos poetas, editores, escritores, cantantes (Serrat, Raimon etc) periodistas, fotógrafos, que contribuyeron a crear la sentimentalidad de los españoles de varias generaciones, también la conciencia política de su tiempo y que fraguaron en el mejor de los momentos que este país ha conocido, ya definitivamente moderno, incluso avanzado, y en paz.

Donde está, que no se ve, el trabajo arriesgado y rompedor de sus artistas plásticos, de sus compañías de teatro, de sus actores, de sus músicos, de los mejores cuartetos de cuerda, los mejores festivales, los mejores montajes de opera. Dónde la admiración y el efecto que suscitaba, por ejemplo, el cortejo de Comediants, la fuerza de La Fura, el estilete de Joglars. Dónde sus cocineros. Dónde el trabajo apabullante de sus museos e instituciones culturales, Caixa, CCCB, las primeras siempre en introducir en nuestras vidas las nuevas tendencias, los nuevos soportes, siempre atentas a desasnarnos, a veces con un punto muy ‘snob’, con las vanguardias de las vanguardias.

Una amiga que acaba de volver de unos días de vacaciones en el Ampurdán me cuenta que el sentimiento general entre estos catalanes “típicos/cuya familia es la típica/familia bien del país”, por citar a Serrat, es de bochorno, de vergüenza, por lo que está pasando en su comunidad. El director de El Periódico de Cataluña titulaba ayer su artículo en esta línea “Ojalá que el mundo no nos esté mirando”.

Nosotros, el resto de españoles, que os quisimos tanto, nos sentimos doloridos, magullados, y aún no perdemos la fe en que todo no haya sido para nada y, al final, triunfe el seny. Confiemos en ello.

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‘Régimen’ sanitario

El problema de fondo de la Sanidad pública andaluza no es tanto de medios, que siempre serán insuficientes, como de organización. Más aún, de acabar con el sistema de nombramiento de los cuadros intermedios, en especial de los jefes de unidades clínicas, que en ocasiones lo son por razones ajenas al mérito y la capacidad y se convierten en sátrapas de sus taifas. Me lo viene diciendo desde hace tiempo un veterano médico amigo, el mayor defensor del sistema público que pueda haber, el que incluso me reñía cada vez que publicábamos críticas del funcionamiento de su hospital porque decía que creaban inseguridad en los pacientes, y eso sí que no. Cuando este verano me lo reencontré en un pasillo de la que fue su planta era aún más duro: «la nueva consejera será una magnífica profesional, una reputada gestora del mejor centro hospitalario de Andalucía, pero el problema es que hay que acabar con el ‘régimen’ que se ha instalado dentro de los servicios». Hablaba de jefes incapaces, enchufados y nombrados para el cargo por cercanía política o por amiguismo con «Sevilla», que es como decir la Junta, la Consejería, el SAS y los múltiples tentáculos de poder de un monstruo de institución que cuenta con casi diez mil millones de presupuesto y 92.862 trabajadores, según los datos que acabo de consultar.

¿Podrá la nueva consejera, Marina Álvarez, meter en cintura esta disfunción? Es decir, revolucionar las estructuras profundas de los hospitales, revisar esquemas, remover a ‘gurús’, aclarar las quejas, implantar nuevos criterios, auditar los procesos. Ya hay demasiados testimonios en este sentido, el último ayer mismo en la renuncia de un prestigioso cirujano, y está por comprobar cómo afecta a la atención al paciente. Sin duda muchos profesio