Hoy no me funciona el Ipad. Hace un bochorno terrible, el país se tambalea y yo, que en horas tendré que volver a coger carretera y manta, estoy sin mi tableta. Es, no quiero decir era, una pieza ya de arqueología informática, el primer modelo que salió, y aunque renquea y no puede competir con las prestaciones del móvil siempre en el bolsillo, entre otras cosas porque pesa y ni cabe en el bolso, es parte esencial de mi rutina. Sobre todo porque me permite, cada mañana, recibir todos los periódicos que sirve Kiosko y Más. Los periódicos de siempre, sin importar la distancia, el horario o las rutas de distribución, sin bajar de la cama. El puesto de prensa más cercano está cerrado, para más inri, y me vuelvo a las webs para leer la actualidad del día, me centro en Twitter, y no logro vencer el desasosiego.
Porque, se pongan como se pongan los profetas del apocalipsis, los periódicos de la mañana construyen el día, aunque sea en el formato digital de KyM, y sin ellos el orden cotidiano no está completo.
Sin la jerarquía de las noticias, sus piezas, título, subtítulo, destacados, sin las fotos, sin los apoyos, sin la secuencia esperada (local, regional, opinión, nacional, cultura…) sin el reencuentro con las firmas de siempre o las nuevas, el día pierde su base, y tiembla.
La prensa de papel, tradicional, de prestigio, pasa su peor momento en lo económico, pero su función no la ha sustituido nadie. Si, como hizo un periodista clásico del NYT, cortáramos sobre la oferta de cualquier escritorio de Twitter, o de FCB, los textos que corresponden a periódicos quedan más agujeros que un gruyere.Las tertulias de opinión de la mañana se construyen sobre los titulares, los enfoques, las apuestas, de la prensa del día. Más aún en estos tiempos de fakenews y en los que cualquiera puede emitir cualquier cosa, y hasta tener eco, sin ningún rigor.
Ojalá sea el cargador. O tendréis que ingresarme.