A las once y veinte la cola subía por Rosario arriba, hasta donde alcanzaba la vista. Pese al frío del sábado por la mañana, no hubo pereza. Haydn volvía a sonar en la Santa Cueva en la cuerda de un cuarteto excepcional, el Casals. La afluencia, incluso disputada en la puerta, revela un primer dato:la gente no es tonta y cuando hay algo de calidad acude. Otro: que esfuerzos como el de Elena Angulo por crear públicos para la música dan resultado. Dos motivos para alegrarse y para reclamar a los programadores calidad y continuidad. Para agradecer al Bicentenario haber dado el pretexto para conseguirlo.
La cita era extraordinaria incluso más allá de Puerta Tierra. entre los asistentes estaban los principales críticos del país, ansiosos por escuchar al prestigioso cuarteto tocar Las siete palabras en el mismo lugar para el que la obra fue escrita. El único lugar de España que puede presumir de tener un punto de encuentro directo con el gran repertorio mundial, el hermosisimo oratorio de doble planta que Trocuato Cayón construyó por encargo de ese singular mecenas que fue José Sáez de Santa María, el marqués de Valde Iñigo, que empeñó toda la fortuna que obtuvo tras una serie de múltiples herencias familiares en levantar este monumento, para el que no se paró en barras: encargó un conjunto de siete suites a Haydn y tres cuadros a Goya. Ahí están, para disfrutarlos.
Toda esa historia, esos sueños de grandeza al servicio de un ideal, el programa doctrinario -entre esotérico y reaccionario- al que servía, la truculenta historia de la cofradía de penitentes, ese desgarrado calvario de Vaccaro, todo flotaba en la capilla baja mientras los cuatro músicos abordaban la partitura. Pocas veces podrá sonar tan honda, tan vibrante, oscura a veces, meditabunda otras, emocionante siempre. Es difícil poner en palabras el lenguaje de la música, describir con sentido semántico lo que es puro temblor, intuición, luz… Quedan cortas, pedantes, inexactas. Hay que oír y sentir.
Una hora después, tras grandes ovaciones, salíamos con la impresión de haber presenciado un prodigio. El cuarteto Casals sonó como venido de otro mundo, perfecto, exacto, lleno de expresividad, a veces parecía como si fuera una orquesta completa la que teníamos delante en vez de esos cuatro maestros, Abel Tomás, que esta vez encabezó la formación, la también violinista Vera Martínez-Mehner, Jonathan Brown, viola, y Arnau Tomás, violoncelo.
Con conciertos como este se hace honor a la Cueva, a Haydn, a Cádiz, al bicentenario y a la música. Qué escaso y dificil es conseguir algo así de una tacada.
Por la noche actúan los Músicos de Urueña, con unas excepcionales Canciones del Doce, y mañana será Javier Perianes, ambos en el palacio de Congresos.