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Chocolate sexy…

Sábado, 14 de Marzo de 2009

¿Se acuerdan?

‘Chocolate Sexy’.

Era el nombre de aquella banda que tocaba en los ejercicios espirituales a las que la familia política del príncipe de Zamunda llevaba al heredero (o a los que iba él para ganarse el aprecio de la muchacha).

Chocolate sexy.

Toda una definición de una cultura.

Como la que sigue: Acabo de leer que el Círculo de Críticos de Estados Unidos ha otorgado su premio de este año a ‘2666′, el testamento que dejó Roberto Bolaño antes de morir. La novela que, en efecto, se publicó en el mundo castellano en 2003.

No, no es una ola que se extiende por el continente (americano) eso de dar premios a los muertos (como el Ledger). Ni que hayan tardado seis años en acabarse una de las últimas obras maestras que ha dado el español (por no decir la última).

Qué va. Es que ahora es cuando la han traducido y manda lo que tenga que mandar que una entrada que debería hablar de Bolaño termine recurriendo a Eddie Murphy.

Chocolate sexy.

No lo he olvidado. Pero es que atención a lo que ha dicho de ‘2666′ una de las críticas del círculo: “Es una visión de la historia sexy y apocalíptica, a la altura de Moby-Dick y Meridiano de sangre, por lo que tiene de mordaz examen del mal”.

Sexy.

Una novela de más de 1.000 páginas que narra minuciosamente decenas de asesinatos, violaciones, vejaciones, decapitaciones, desmembraciones, entierros en vida, tiroteos, ejecuciones, torturas y otras lindezas es definida como “sexy”.

Chocolate Sexy.

¿Qué más quiere que les diga?

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La aventura del compromiso

Miércoles, 4 de Marzo de 2009

El tipo blanco de la foto es Dave Eggers. Nació en 1970, en un barrio miserable de la periferia de Boston. Sus padres, cuenta, «eran lo suficientemente pobres y lo suficientemente listos» como para obligarle a estudiar.

El tipo negro que posa a su lado se llama Valentino Achak. Nació en Marial Bai (Sudán) a mediados de los ochenta. Su padre vendía cubos de plástico y sacos de harina en una choza de adobe y paja, hasta que el ejército la destruyó.

Eggers se pagó la universidad haciendo toda clase de trabajos absurdos: fue vendedor de perritos calientes y guionista de cómics, hombre anuncio, publicista y friega platos. En esas andaba cuando sus padres murieron a la vez, y tuvo que hacerse cargo de su hermano Toph.

Valentino huyó de su aldea cuando el gobierno de Jartúm decidió exterminar a toda la población no árabe que viviera en el Sur del país, un arenal que esconde, bajo su apariencia inhóspita, un océano de petróleo. Aunque apenas levantaba un palmo del suelo, cruzó desiertos inmensos y eriales vacíos y sobrevivió al hambre, a la disentería, al cólera, a la malaria y a todas las formas posibles con que se expresa la maldad humana. Creció en un campo de refugiados y de ahí, con poco más de 20 años, consiguió dar el salto a los EE UU.

Eggers decidió escribir sus memorias a pecho descubierto y publicó en una pequeña editorial Una historia conmovedora, asombrosa y genial. En el libro relataba sus peripecias como inesperado educador de su hermano. Se convirtió en best-seller. El jurado del Pulitzer dijo que la obra «constituye un valioso testimonio sobre el poder del amor y la voluntad». Eggers dijo a la prensa que su principal obligación como «escritor y como persona» era prestarle «la voz a quien no la tiene».

¿Qué podía surgir de un encuentro entre un joven refugiado sudanés y un escritor REALMENTE comprometido? La respuesta es Qué es El qué (Mondadori) el relato de la odisea de Achack contado por Eggers en primera persona. Inteligentemente planteado como un monólogo con flashbacks, el escritor cumple su promesa de enfrentar a la sociedad con testimonios vitales conmovedores a los que da la espalda por norma. Una aventura trepidante y emotiva, cruda, política, visceral y romántica, que cuenta con el valor añadido de ser 100% real. Por si todo esto fuera poco, Eggers dona el total de las ventas del libro a la creación de escuelas en el Sur de Sudán.

Háganse un favor y compren el libro. Ya están tardando.

Por Daniel Pérez

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Algunas curiosidades sobre los Oscar (1)

Martes, 24 de Febrero de 2009

Por Pepe Pérez-Clooney

La gala de los Oscar es un evento de dimensiones cósmicas en el que un puñado de millonarios y millonarias con mucho, poco o nulo talento lucen trajes y joyas y son aplaudidos por gente que se amputaría un brazo para ser como cualquiera de ellos, con la lógica excepción de Renée Zellweger. Nadie quiere ser como Renée Zellweger. Ni siquiera Mickey Rourke quiere ser como Renée Zellweger. «Me siento guapo cada vez que miro a Reneé Zellweger », afirmó Rourke a The Suppositorior Times justo antes de desmayarse a causa del sobrepeso de su propia cabeza y golpearse la frente contra una máquina quitanieves que quedó prácticamente inutilizada.

El glamour desborda a todos aquellos que asisten al Gran Teatro Kodak (la casa de los ladrillos amarrones), al igual que el bótox, y la peña del mundillo charla animadamente sobre asuntos tan diversos como la situación de los refugiados dinkas en el campo de Piyonyo (Sudán) o la mala cara que tiene Reneé Zellweger cuando se levanta, al mediodía y también cuando se acuesta, sobre todo si ha cenado coles.

Después, claro, está el tema del cine, pero hubo años (como en 1961, 1972 o 1985) en los que por exigencias de la retrasmisión televisiva se prescindió completamente de esa parte de la gala. Los nominados paseaban por la alfombra roja durante 18 o 19 horas, entraban en el teatro diez segundos y luego salían por la puerta de servicio con la estatuilla a cuestas o bien con cualquier otro objeto que hubiesen encontrado en el interior del recinto, como macetas, fregonas o Reneé Zellweger.

En 1963 se decidió que la ceremonia de entrega de los premios en sí se sustituiría por un número musical en el que un enano con bigote nadaba en una bañera llena de salsa gaucha, provocando el alborozo de los asistentes y algunas críticas por parte de elementos críticos con el sistema como la madre de Reneé Zellweger, presidenta de la Sociedad de Personas Muy Muy Pequeñas o Bien Muy Muy Feas de Mineápolis. También hubo quejas por parte de la Asociación de Defensa de la Salsa Gaucha y Ajonesa de Missouri (Alabama), que fueron pertinentemente obviadas.

Otras incidencias memorables en la Historia de los Oscar fueron:

1919: La Primera Guerra Mundial obligó a sustituir las tradicionales estatuillas de oro macizo por alfajores de Medina.

1939: La Segunda Guerra Mundial obligó a sustituir a los actores nominados, que luchaban con valentía en el frente de batalla, por papelones de pescao frito. Ese año arrasaron los dramas históricos, las pijotas y el adobo.

1963: Un activista Pro Derechos de las Personas de Color Negro Oscuro interrumpió la ceremonía portando un retrato de Reneé Zellweger desnuda. Fue interceptado por los miembros de seguridad y brutalmente golpeado con una mosquitera. Murió minutos después, camino del hospital, a causa de los muchos lametones que recibió en el bajo vientre.

1969: El presentador de la gala, William Hemorroidtown (conocido actor cómico del momento) no pudo presentarse a tiempo en el Teatro Kodak tras sufrir un terrible percance con una lata de melva en aceite vegetal. Los médicos hicieron todo lo posible, pero aún así Hemorroidtown perdió ambos ojos y fue sustituido a última hora por un caniche llamado Melvin (en la foto), cuya frescura sobre el escenario encandiló a todos.

1978: El popular actor de color negro Jeman Aman Kisleysh falleció al pisarse el dobladillo de su propio pantalón de campana, resbalar sobre la alfombra roja y tragarse a Melvin (el caniche), que casualmente pasaba por allí.

(Continuará)

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¿Quién vigila a los vigilantes?

Miércoles, 4 de Febrero de 2009

Por: Alex Medina

Es la pregunta que lanza una y otra vez, en las paredes de una apocalíptica Nueva York, en el fondo de la trama, en cada viñeta casi, The Watchmen, ese cómic convertido en novela gráfica y que ya conoce medio mundo porque está a punto de estrenarse una superproducción cinematográfica con el realizador de 300 (Zack Snyder) al frente (que los dioses nos cojan confesados… y cenados).

Pero, ¿qué es The Watchmen? En su origen, cuando salió a los quioscos bajo el sello de DC Cómics (la multinacional de Superman, Batman… y una de las dos grandes, frente a la Marvel de Spiderman o X-Men), fue una serie limitada de 12 entregas mensuales. Aquello sucedió entre 1986 y 1987. Su fama pronto rompió moldes y las múltiples reediciones la hicieron editarse en un solo volumen, con lo que se ganó el sobrenombre de novela gráfica (no lo era en su origen).

Pero, ¿quién es el responsable de The Watchmen, el cómic? Los cómics (me niego a llamarlos tebeos porque su carga peyorativa es inevitable) suelen pertenecer a dos personas: el guionista y el dibujante (luego están el entintador y el del color, que siempre se pueden cargar un buen material y que, como muchos oficios en el mundo del espectáculo, su mayor logro consiste en que no se les note). El autor de ésta es Alan Moore, uno de los grandes renovadores (junto a Frank Miller y, a un nivel más adolescente, Chris Claremont, John Byrne o Peter David) del género de superhéroes. Porque The Watchmen no es más que un cómic de superhéroes para adultos. De igual forma que lo fue Batman: El Caballero Oscuro de Miller, o Batman: la broma asesina, de los mismos autores que Watchmen (referencias absolutas ambos cómics de la última entrega en cines del hombre murciélago: el atormentado Joker del no menos atormentado Heath Ledger le debe toda su profundidad a estas dos obras). El dibujante es Dave Gibbons, otro revolucionador de un medio (el de los cómics de superhérores de mediados de los ochenta) que no terminaba de soltar el tono infantiloide en las formas, tanto argumentales como artísticas.

Pero, ¿qué importancia tuvo The Watchmen? Pues eso, comenzó una era en la que los superhéroes eran más personas que súper porque los lectores de cómic habían crecido y empezaba la época del vídeo y del cine de masas. Los The Watchmen son atormentados, imperfectos (excepto el Doctor Manahattan, claro)… humanos… De paso, están perseguidos y viven en un mundo, el de antes de que el muro de Berlín fuera polvo y trozos de souvenir, en el que la guerra nuclear está a punto de estallar. Moore dijo que quiso hacer esta obra como una especie de continuación espiritual del 1984 de Orwell. De, hecho, la escribió en 1985. ¿Son necesarios los superhéroes para evitar la catástrofe? Y si lo son, ¿quien vigila a los superhéroes antes de que nadie los controle como sucedía con el “gran hermano” (cuánto se ha deteriorado este concepto) orwelliano? ¿Pueden salvar los superhéroes al mundo de su propia inmundicia? ¿Cómo, si ellos mismos son humanos? (aquí hay pocos con poderes, realmente: sólo uno, y está por encima del bien y del mal… como el Superman de Miller).

¿Y qué esperar de la película? Muy poco. Viendo el tráiler, parece que se ha captado la esencia del cómic. Pero, no nos engañemos: las imágenes más espectaculares son traslación exacta de las viñetas, con lo que no hay nada original. Para colmo, la humanización de los héroes del papel (fondones, cuarentones) no aparece en la película. Y sí, lo admito: no me creo al director. 300 no tenía pulso narrativo, sólo un montón de imágenes espectaculares y efectistas encadenadas. Como sucedió con aquella película (basada en otro cómic, también de Miller), el conjunto se puede salvar porque las viñetas son el mejor script posible (los script son viñetas, al fin y al cabo). Sinceramente, no creo que a Zack Snyder lo haya vigilado nadie.

Y, en efecto, The Watchmen tendrá algo cuando, 20 años después de haber salido en los quioscos, su mensaje (el de un mundo podrido) sigue tan vigente. No era un simple cómic. Era una obra maestra.

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Félix J. Palma y su tela de araña

Martes, 3 de Febrero de 2009

Vaya, resulta que sí es posible. Resulta que un escritor español sí que puede adentrarse con éxito en el territorio escasamente explorado que media entre los cargantes novelones metafísicos y el best-seller raso. Resulta que un escritor español sí que puede enganchar al lector desde la primera página con una vertiginosa trama de acción, romance y aventuras, sin necesidad de apelar a los socorridos templarios, sin pretender hispanizar a Dan Brown y sin rebajar el tono de la prosa hasta límites sonrojantes. Resulta que, a pesar de contar con tan escasos precedentes, la literatura patria sí que apunta maneras para que una nueva generación de escritores, dispuestos a no renunciar ni a lo uno ni a lo otro, alardeen de su capacidad para fabular, de su cultura cinematográfica, de su imaginación enfermiza y de su potencial creativo, sin que ello implique una escritura telegráfica y facilona. Y resulta –además–, que el artífice de esta inaudita proeza (míralo, sacando pecho, en primera línea de este reducido pelotón de valientes) es gaditano, que se llama Félix J. Palma y que acaba de regalarnos un librazo intenso, emocionante y muy elaborado: El Mapa del Tiempo.

J. Palma ha escrito un sueño ingenioso y trepidante, un relato insólito que logra transportar al lector al Londres victoriano utilizando recursos propios del folletín decimonónico y que mezcla –de forma coherente y fluida– amor, misterio, ciencia ficción e historia. Los personajes que cargan con el peso de la trama están exhaustivamente perfilados, eluden el cliché y convierten en creíble lo increíble, sobre todo gracias a sus singulares reflexiones y a unos diálogos con mucho músculo.

La obra, que logró el XL Premio Ateneo de Sevilla, tiene pues todos los ingredientes para convertirse en uno de los fenómenos literarios de la temporada. Es difícil toparse con un título tan magistralmente equilibrado como éste, tan coherente con su propósito de reivindicar un entretenimiento de altura, tan afilado en su lenguaje y tan éticamente responsable con el sentido último de lo literario.

Yo que ustedes no tardaría mucho en hincale el diente. Aunque antes –háganme caso– procuren liquidar sus asuntos inaplazables y hacerle al Mapa un generoso hueco en la agenda. Advierta a su pareja, amigos, compañeros y jefes de que durante unos días tendrán la cabeza en otro sitio, atrapada en la tela de araña que Félix ha tejido con talento y maestría. No se imaginan lo que les costará escapar…

Por Daniel Pérez.

Foto: Cristóbal.

Entrevista completa con el autor aquí.

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