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Siete leches
Por Daniel Pérez
Will Smith quiere hacerte llorar. Para arrancarte una mísera lagrimilla empleará toda suerte de técnicas de tortura emocional. Niños enfermos, abuelotes desatendidos y mujeres inmigrantes -maltratadas por la vida- pasean sin pudor por la pantalla con el único objetivo de darte mucha pena penita pena y que se te olviden así tus propias miserias existenciales.
La fórmula del melodrama con su correspondiente inyección de heroísmo reventó la taquilla con En busca de la felicidad. Ahora, el primo del primo Barton insiste en sus intenciones en Siete Almas, pero barniza el asunto con una ligera capita de suspense. Se supone que el espectador no debe saber qué carajo está haciendo el protagonista con tanta terapia redentora, pero sus motivaciones quedan más o menos al descubierto en los primeros veinte minutos, así que después toda la trama se viene abajo sin remedio.
La peli ni siquiera prescinde de los tres consabidos momentos de supuesta intensidad interpretativa que se le exige a todo peñazo llorica para que cumpla con el protocolo:
1.-Will Smith pone cara de perrito pachón mientras corre bajo la lluvia y lamenta su destino.
2.-Will Smith pone cara de perrito pachón mientras golpea el volante de su coche y lamenta su destino.
3.-Will Smith pone cara de perrito pachón.
Conclusión: Si es de los que se emociona con cualquier cosa, ni se le ocurra. Puede tirarse llorando hasta el domingo de Ramos. Si es de los que se parten el culo cuando quieren hacerlo llorar con recursos barriobajeros, espere a que salga en DVD.
El público opina:
Ernesto Sábado (intelectual): “Me ha parecido una original disección de la contemporaneidad disocializante, a la vez que una catarsis espiritual necesaria y enriquecedora, aunque he de reconocer que en mi fuero interno eché en falta que Rosario Dawson (en la foto) enseñara un poco de algo”.
Toby (perrito pachón): “A mí, por razones obvias, esta crítica no me ha hecho ni puñetera gracia”.

