Woody Allen sale del paso
Por: Daniel Pérez
Un apaño. Pa’salir del paso. A Woody se le metió entre ceja y ceja rodar en España y se sacó de la manga, sobre la marcha, una trama ridícula, que hace aguas por los cuatro costados, cojea en los diálogos (¡!) y abusa del contratópico hasta restarle toda credibilidad a la historia y a los personajes. Si otras películas de Allen se sostienen por la sutil ironía que destilan, Vicky es un despliegue de clichés manidos, roles forzados, polladas diversas, giros gratuitos –para engordar el metraje– y una moraleja absurda que se queda a mitad de camino de ninguna parte. El problema, básicamente, es que el escritor/director se toma en serio lo que cuenta, en vez de aplicarle al enredo el barniz surrealista o esperpéntico de otras ocasiones.
Vamos, que hay que comulgar con ruedas de molino y tragarse que Bardem es el clásico pintor español casi desconocido que vive en una masía como Falcon Crest, conduce un descapotable rojo y se sacó en la Autoescuela del pueblo el carné de avioneta; el típico bohemio guay, hijo de un asceta medio hippy, que cena noche sí y noche también en un «pequeño y coqueto restaurante» del casco antiguo de Barcelona, que es como El Pópulo, pero en caro.
Cuesta aguantar la risa (involuntaria) con esa supuesta revisión inteligente del macho ibérico, sensible y creativo; con la guiri Modo Sieso (formal, fría, cuadriculada) y con la guiri Modo Despendolao («Yo lo que quiero es vivir la vida, que es lo mismo que tirarme al primer churrita que me pida fuego, y bla, bla, bla…»). El trío protagonista, perfilado a brochazo limpio, tiene los mismos matices de personalidad que Flipper y sus dudas existenciales (muy respetables de entrada) parecen ñoñas, remilgadas y previsibles.
El desenlace (risas) es una verdadera tomadura de pelo. Allen andaba poniéndose un poquito de Hemoal cuando se le ocurrió dejar el asunto así mismo, sucio y descabezado. «Me vuelvo a casa, a tocar el clarinete y a continuar quedándome calvo progresivamente», le dijo a su hija-mujer. «Acábala tú, anda, que a mí me da la flojera».
Claro que tiene algún que otro momento divertido. Sigue siendo Woody Allen. Y el peor Woody Allen es, aunque sea a ráfagas, cojonudo.
Conclusión: Bueno, allá usted. Si le pica la curiosidad y ninguna otra cosa… Pero luego no diga que no le avisamos.
Los espectadores opinan:
Paco Pérez (director de cortos raros y aficionado confeso al porno amateur): «Si soy yo el que presenta ese guión a cualquier productor serio, primero me sodomiza sobre la alfombra y luego me descuartiza. O al revés».
Nuria Pérez (acriz): «Yo también hice de española racial, histérica y chillona, y no me nominaron a los Oscar ni a los Goya ni me invitaron a un menú infantil en el MacDonals».
Julio Léger (cinéfilo anglófilo y un poco idiota): «Es que en el Fotogramas le han puesto once estrellas, quince asteroides y un cometa gordo».
Paco Pérez (el de antes): «Mira, Julio, si Allen rueda en España con actores españoles el brodio más grande de la Historia Universal de los Bodrios, seguro que Fotogramas le pone media galaxia igualmente».
Julio Léger (dolido): «Vale, tranquilo tío, que yo sólo estaba dando mi opinión».
Paco Pérez (agrio): «Muy bien, pero la próxima vez piénsatelo antes de soltar cualquier otra chorrada sobre las estrellitas del Fotogramas».
