Oleada de suicidios entre el público de Revolutionary Road
Por Daniel Pérez
A Sam Mendes se le da bien eso de meter los dedos en el lado oscuro de la vida burguesa y sacar toda la mierda que esconden las parejas perfectas debajo de la alfombra. Richard Yates (el autor de la novela) le ha puesto en bandeja una de esas historias que, aunque varíen de contexto, son capaces de guardar su corrosiva esencia durante mucho tiempo. Toda la película se sostiene sobre unos diálogos intensos y dos interpretaciones brillantes (la gloria se la está llevando Winslet, pero Di Caprio no le cede el protagonismo ni en un solo plano). Aunque los temas les suenen (insatisfacción crónica, máscaras emocionales, mentiras e imposturas varias), están tratados magistralmente por un Mendes que se limita a colocar la cámara como un testigo incómodo, que no juzga ni manipula; un bisturí que disecciona las frustraciones de una pareja que no consigue desprenderse de la mediocre existencia que les espera.
Los personajes están perfilados a base de anécdotas cargadas de significación: La vecina que acepta, comparte y refrenda a pies juntillas todo lo que opina su marido, aunque luego llore a escondidas; el tipo que acusa de inconformistas o infantiles a todos los que anhelan una vida distinta mientras él mismo se aplica exhaustivamente a la tarea de engordar y quedarse calvo; los compañeros de trabajo de Di Caprio, que esperan como buitres a que el soñador se rinda; el alma bondadosa, que no enseña sus garras hasta el final…
Es cierto que el montaje aséptico hace que, a ratos, Revolutionary Road parezca una obra de teatro proyectada en la gran pantalla. Pero también lo es que la fuerza del texto original no precisa de alardes. Basta y sobra con colocar así, de sopetón, toda la carne cruda ante los ojos asustados de la concurrencia. A ellos se les encojerá el escroto. Ellas, probablamente, tiren del lexatín.
MENCIÓN ESPECIAL: Michael Shannon (el actor que hace de loco/cuerdo) borda su papel de visionario tocapelotas al que nadie quiere hacer demasiado caso porque sus análisis resultan demoledores. Algunos de sus lúcidos arrebatos podrían inspirar una película aparte.
CONCLUSIÓN: Vayan a verla si tienen ganas de comerse la cabeza un rato. No vayan a verla si no tienen ganas de comerse la cabez un rato. También pueden ir a verla si son unos perros insensibles, incapaces de sentir una mínima empatía por uno, dos, tres o incluso cuatro personajes a la vez.

