Razones para odiar Gladiator
No la soporto. Y no sólo porque ya no echen en Semana Santa Espartaco por su culpa, sino por un puñado de razones:
1) Es una película mediocre (no diré que es mala porque algo sí distrae, seamos justos) que va con ínfulas de Ben Hur cuando tiene la clase y la elegancia del otro gran Espartaco mediático, el Santoni.
2) Ridley Scott lleva décadas acabado. De acuerdo que hizo, entre finales de los setenta y principios de los ochenta, tres maravillas, como fueron Los duelistas (1977), Alien (1979) y Blade Runner (1982), pero, a cada segundo que pasa, estoy más convencido de que fueron los tres deseos que el diablo le concedió. Que lo demás fue una larga penitencia que nos ha hecho a todos partícipes. (Es imposible de perdonar que La teniente O’Neill, una película que estaría en el podio de cualquier lista de las más malas de la historia del cine, fuera culpa suya). ¿Thelma y Louise? El guión era tan bueno que ni Ridley fue
capaz de cargárselo. Vamos, con ese material hasta Daniel Écija (el torturador de Médico de familia) habría hecho algo decente.
3) ¿Alguien es capaz de ver algo en las peleas? Ridley, que no parece haber visto en su vida algo de Wyler, empalma retazos de golpes sin ningún sentido de la edición ni de la lógica. Sólo para que quede bien. En un monento, está Crowe (luego volveré a él), con su cara de mazapán engollipao, luego vienen un montón de sombras, salta un chorro de sangre (otra vez manchando la cámara) y, de nuevo, Crowe aparece con la cara de haberse tragado el mazapán sin un mal chorro de anís. Ridley no ha superado que su hermano Tony sí que se sepa rodar escenas de acción al más puro estilo efectista que gusta a Hollywood. Tony sí que es grande, enorme, un dios (esto ya lo explicaré algún día).
4) ¿Y qué me dicen de los efectos especiales? Anda que no canta nada el tigre. ¡Si es naranja fosforito! O en la Roma aquella había caído una bomba atómica y había contaminado a los tigres o, en efecto, el tigre ha salido de Toy Story. Y la Roma en sí… He visto maquetas de Lego más realistas.
5) Russell Crowe. No me mires así, que me voy a tirar a tu mujer, cree que dice con su mirada. Paradójicamente, y gracias a ese careto hinchado que siempre parece recién despierto de la mayor borrachera de su vida (cuentan las crónicas rosas que eso es casi verdad, que casi siempre está recién levantado de una curda), se llevó el Óscar al mejor actor principal. Quitándoselo a Ed Harris por Pollock (también fue quien se lo quitó a Bardem en su primer intento por Antes que anochezca, pero no me voy a poner patriotero). Que no me mires así, que me tiro a tu mujer… sigue diciendo el tipo. Pues vale.
6) El guión. Ay, madre. El guión que pone al principio de la película a Crowe (que sí, que me tiro a tu mujer) en Alemania y cruza toda Europa para intentar salvar a su mujer en Mérida de un tirón… Y los tópicos del padre que no quiere al hijo y que quiere poner al frente de una regenerada Roma a un general brutote que le hacen de todo antes de vengarse al final, entre música de clarines. Porque se venga, claro.
7) Joaquin Phoenix. ¿Iría al baño al terminar el rodaje? Lo digo porque parece estreñido el pobre a lo largo de toda la película.
La música. Ferrero Rocher la ha puesto en su sitio y nos ha abierto los ojos: para eso servía, para acompañar las recepciones del Embajador.
9) Es tan afectada que termina siendo cursi: esos pétalos que caen no se sabe dónde sobre los gladiadores, las frases en latín, la visión del paraíso -por cierto, que con esos nubarrones y ese viento tan feo del sur, pum, pum, pum, no sé yo si me dan ganas de ir-, las monsergas del padre al hijo y del hijo al padre…
10) Y ya. Podría seguir, pero luego dicen que me alargo mucho.
Fuerza y horror.
(En la foto, vemos a Russell con cara dubitativa: no sabe si tirarse a tu mujer o terminar de tragarse el mazapán).
