Ahora que ya empieza a oler a esa mezcla de albero mojado, piñonate y fino, que ya está aquí la Feria recupero un reportaje que escribí en La Voz sobre el traje de gitana, el único vestido regional que se adapta todos los años a la moda.

Eran las mujeres de tratantes. Gitanas y campesinas que acudían a la feria del ganado con humildes batas de percal. Cómodas para trajinar pero, en realidad, burdas y polvorientas. Sólo dos o tres volantes remataban su figura. Con los años, todo cambió. La bata se convirtió en traje, el viejo delantal desapareció, y los volantes tomaron vida para moverse jacarandosos en una mujer que se se sentía guapa y se movía con soltura y garbo por el Real. La primitiva verbena comercial había crecido y se convertía en la fiesta folclórica más universal de Andalucía. La Exposición de Sevilla de 1929 fue la consagración del traje de flamenca. Entonces, las clases más pudientes se rindieron ante la evidencia: el atuendo era perfecto para pisar con temple el albero.

A partir de ahí el traje de gitana no ha dejado de adaptarse a la moda, al diseño más actual. De hecho, al contrario de lo que ocurre con otros atuendos tradicionales, cuyas características más destacadas son la inmutabilidad en una época determinada -la de su nacimiento en siglos pasados- el de flamenca cambia constantemente, de acuerdo a los parámetros textiles del momento. Es más, diseñadores de culto como John Galliano o Valentino han sucumbido a su fuerza y han inspirado algunas de sus colecciones en el volante y el vivo color andaluz.

Fueron minifalderos en los sesenta, con estampados pop en los setenta, reivindicativo en los ochenta, copleros con mantón, y […]